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Los '90 serán
básicamente los años del afianzamiento de la belicista
política exterior estadounidense, con George Bush padre encabezando
un nuevo genocidio denominado La Guerra del Golfo.
Como acontecería trece años más tarde con su hijo,
la misma excusa: Saddam Hussein, e idéntica víctima:
el pueblo irakí.
El gobierno de Menem, aliado menor e incondicional de los yanquis como
nunca antes en la historia argentina, envía tropas al Golfo Pérsico y
espera a cambio alguna migaja.
La pantalla grande, en tanto, comienza por anunciarnos la presencia de La
Pandilla Aventurera (Miguel Torrado, 1990), otro intento
por capitalizar un éxito televisivo -en este caso el de Flavia Palmiero-
en el que un grupo de niños estimulados por la llegada del hombre a la Luna en 1969,
decide construir un cohete espacial.
Al año siguiente Víctor Maytland nos convida con otro de
sus bocaditos porno en mal estado, esta vez tras el título Las Tortugas
Mutantes Pinjas (1991).
Ya en 1992 llegarían Los Enormes (Gustavo Ghirardi),
de lo más bizarro de la filmografía argentina sin distinción
de épocas ni géneros. Nacido como un programa piloto al calor del
boom de Brigada Cola, parece que este imposible producto no llegó a
tentar a ningún gerente de programación y acabó convertido
en film para su comercialización en video. 
Los Enormes del título son unos superhéroes enanos
que habitan en Ciudad Enorme (La República de los
Niños), dentro de otra dimensión. El problema surge
cuando Max -alguna vez él también un Enorme-
utiliza la tecnología de sus ex compañeros para pasar
al mundo de los humanos y, bajo el mote de El Señor del Mal,
erigirse en cabecilla de una banda de delincuentes que secuestra a
la Hora Oficial (?) (Magalí Moro) para pedir 10.000
Kgrs. de oro en concepto de rescate. El asombroso relato concluirá con
la transformación de la Moro en una Enorme más
y la derrota de Max y sus torpes esbirros. Pero en el medio
desfilarán el Cristal Hipnótico del Nepal, las
gafas para contrarrestarlos, una pistola sónica que provoca
sordera temporal, la condición confusamente cyborg de la Hora
Oficial y el diagnóstico del Enorme profesor Obi:
para curar a Magalí se necesita maní con chocolate...
Cómo vemos, no faltan las referencias al género en esta increíble
e ignota gema local: los diminutos superhéroes; el hombre de ciencia encarnado
en el profesor Obi -que interviene quirúrgicamente a la Hora
Oficial, al parecer con éxito; el villano codicioso que recae en la
figura del misterioso Señor del Mal; la citada condición
aparentemente cyborg de la Hora Oficial, y la portación por parte
de buenos y malos de diversos prodigios tecnológicos como
la ya referida pistola sónica, los aparatejos que permiten la teletransportación
de una dimensión a otra y las eficientes gafas anti-Cristal Hipnótico
del Nepal. Qué más decir...
Tal
vez que en 1995 Eliseo Subiela vuelve a la carga con No
te Mueras sin Decirme Adónde Vas.
Ya plenamente consolidada la asociación ilícita entre actor y director, Grandinetti es
aquí Leopoldo, un proyectorista de cine que inventa una máquina recolectora
de sueños. Su creación derivará en insospechadas consecuencias,
la más importante el encuentro con Rachel (o Raquel), su
esposa en las postrimerías del siglo XIX. A través de los
dichos de la joven, sabemos que Leopoldo fue William por aquellos
años, colaborador de Edison, nada menos, e inventor del kinetoscopio.
Pero eso no es todo, pues ya en aquella vida William-Leopoldo se
hallaba trabajando en el recolector de sueños.
A partir de allí se sucede una indigesta concentración de todos
los clichés habituales en el cine de Subiela, un puzzle new age
cargado de ramplona cursilería que pontifica, sin escalas, sobre el
amor, la reencarnación, Dios, diversas especulaciones pseudometafísicas
y todas las grandes cuestiones existenciales posibles abordadas
desde la más flagrante chapucería.
Retomando el personaje de Leopoldo, se trata de un bohemio incurable luchando
contra la rutina de su vida, un soñador aficionado a la circuitería
más que un científico, quizá de allí su pretendida
ligazón con la figura romántica del inventor decimonónico.
Desgraciadamente -para nosotros-, Leopoldo tiene un amigo en idéntica
situación: Oscar Rodríguez (Oscar Martínez),
que comparte las mismas características señaladas en aquél
con un sabroso agregado: Oscar se desplaza en una semisofisticada silla
de ruedas (nos preguntamos: ¿será ésta una burda alusión
a Steven Hawking? Nos respondemos: tratándose de Subiela todo
es posible).
En el terreno mitológico máquinas y robots dicen presente. En orden
de importancia el primero de la lista es el recolector de sueños, eje
de la historia, una máquina que, al decir de su creador, decodifica
las ondas cerebrales durante el sueño, traduciéndolas en imágenes....
Nótese la conexión hacia atrás con Alguien te está mirando y
hacia adelante con la cámara gesell de La sonámbula, recuerdos
del futuro, que abordaremos en breve.
Pero
cómo no mencionar ya mismo a Carlos, o Carlitos,
como gusten, un cuerpo de metal con corazón argentino,
como él mismo se define. Este torpe robot in progress,
obra de Oscar, fue programado para hablar con la voz
de Gardel y cantar sus tangos, es todo lo que puede ofrecer,
aunque sobre el final del film -momento cúlmine- le ceba un
mate a su creador. Según éste, su memoria básica,
lo que sería su alma, es el ser nacional. Sin comentarios.
En cuanto a su aspecto externo, Carlitos parece en la línea del
tontuelo de Robby (Forbbiden Planet (Planeta Prohibido, Fred
McLeod Wilcox, 1956)) y, más acá en el tiempo, del Nº 5 de Short
Circuit (Cortocircuito, John Badham, 1986).
Pero sin postre no hay banquete: la voz de esta simpática criatura es
responsabilidad de... Jairo. Cartón lleno.
También aparece brevemente Osiris, un robot tan en construcción
que por ahora sólo tiene la cabeza, esta vez a cargo de Leopoldo.
Celos aficionados, tal vez.
En otros apuntes que liguen más bien difusamente con el género,
cabe señalar el polvo ligeramente radioactivo que queda como
residuo en el casco del recolector luego de cada sesión, y
la sospecha pasajera de Leopoldo, quien por un momento piensa que Rachel (la
pétrea Mariana Arias), es la cara visible de un plan de invasión
alien cuyo fin es apoderarse del planeta, una cita más bien obviable a
la paranoia Sci-Fi tan en boga en los '50.
Por lo demás, una película insoportablemente discursiva, con los
protagonistas espetando sin descanso pomposas y larguísimas parrafadas,
y con un Subiela que, ya totalmente lanzado, hasta se permite una olvidable
referencia a las Madres de Plaza de Mayo, haciendo volver por unos instantes
a un joven desaparecido que además proporcionará la información
precisa acerca del paradero de su cuerpo y el de otros compañeros asesinados.
Irritante como mínimo. Avancemos.
El
siguiente mojón en nuestro incierto derrotero se llama Comix,
Cuentos de Amor, de Video y de Muerte (Jorge Coscia, 1995),
film metalingüístico en episodios, con juegos de referencias
cruzadas entre los tres términos que se dan cita en el título.
El contacto con el género viene de la mano de dos de los episodios del
film. Veamos: Textual narra el encuentro de un hombre con una serie de
mujeres semi-salvajes, en un futuro cercano y sugeridamente devastado. Aquí se
observa una tímida ligazón con la Sci-Fi a partir del tiempo
histórico en que se sitúa el relato (como dijimos disparado levemente
hacia el futuro) y el clima tibiamente postapocalíptico que destila, pues
a través de la voz en off del protagonista y unos pequeños inserts
televisivos nos enteramos de que una peste magnética ha asolado a la ciudad
en el pasado. Al parecer consecuencia de este suceso, se insinúa que las
calles se han anarquizado y por ellas deambulan seres humanos que exhiben una
suerte de regresión a una condición primitiva, tal cual acontece
con Primera, la chica que el personaje central salva de las
garras de un grupo de sabandijas -como él mismo los describe-
para intentar luego civilizarla y, sobre todo, tener sexo con ella.
El otro episodio que conecta con la ciencia-ficción es Trip:
dos tripulantes en un largo viaje espacial, un chico y una
muchacha, deben permanecer -alternadamente- dos años despiertos y dos
congelados. En todo ese lapso, sólo coinciden durante dos días,
vigilia durante la cual están autorizados por Big Mamma -la computadora
central de la nave- a una ración de sexo y comida chatarra. Para paliar
la soledad que sobrevendrá luego, los astronautas cuentan con un memorizador
que registra sus experiencias eróticas y les permite revivirlas sintéticamente
durante su posterior letargo. Como puede apreciarse, una narración rica
en componentes Sci-Fi: en primer lugar, nos adentra en algún impreciso
futuro, inferible a través de la tecnología que equipa a la nave
(hay una implícita referencia a un avanzado estadío de la realidad
virtual, y todos los aspectos de la misión están controlados por
una computadora con características de Inteligencia Artificial,
tal como en 2001... y también en Alien (Alien, el Octavo
Pasajero (Ridley Scott, 1979))). Por otro lado, el relato registra
un acercamiento a las space-óperas, haciendo lugar de este modo a uno
de los ejes temáticos primordiales del género: el viaje.
Sin embargo, esta especulación sobre bases científico-tecnológicas
parece disolverse con el cierre de la historia, punto en que se nos
revela que todo lo precedente ha ocurrido, sí, pero bajo la forma de
otro tipo de viaje:
el de un joven junkie poco afecto a los consejos del Dr. Miroli.
Y
ahora llega el turno de Moebius (Gustavo Mosquera/Colectivo
Universidad del Cine, 1996), un film con varias particularidades.
En primer lugar fue producido íntegramente por la F.U.C. (Fundación
Universidad del Cine) y realizado por alumnos avanzados de esa
institución supervisados por el director del proyecto, Gustavo
Mosquera.
Por otro lado, surfea entre las arenas del fantástico y la ciencia-ficción transitando una frontera más bien incierta.
Además, está basado en el cuento de A.J. Deutsch Un Túnel
Llamado Moebius, pequeña gema de la literatura de ciencia-ficción publicada
en 1950, inspirada en el descubrimiento de la cinta que lleva su nombre
por parte del matemático alemán August Ferdinand Moebius,
promediando el siglo XIX.
La historia narra la desaparición de un convoy en la red de metro de Buenos
Aires, la interpelación al enigma por parte de un joven topólogo
y la revelación final bordeando el misticismo científico: el tren
perdido ha cruzado la barrera hacia el infinito, surcando eternamente los subterráneos
porteños a velocidades impensables.
Si la especulación sobre la posibilidad de que ciertas fórmulas
matemáticas de carácter teórico pasen a operar sin más
sobre el mundo físico abre el juego hacia las arenas del fantástico,
el carácter difusamente futurista de la ciudad y la presencia del joven
matemático y su antiguo profesor en calidad de científicos motorizadores
del relato, aportan elementos de filiación inequívocamente Sci-Fi.
Guillermo Angelelli es Daniel Prat, un topólogo
enviado por la compañía encargada de la última
ampliación del metro con la misión de desentrañar
el misterio. En su figura parecen convivir el detective de film noir
(con su aura sombría y el omnipresente piloto hasta las rodillas)
junto al antihéroe de historietas fantásticas de origen
americano y un toque demencial asomando desde sus ojos, como abismado
en exceso tras el velo de sus densas cavilaciones.
Su maestro en tanto, es el Dr. Mistein, otrora eminencia académica
que fue retirándose paulatinamente de la vida social, obsesionado con
las hipótesis que irá desarrollando fuera de los ámbitos
oficiales y que lo llevarán directamente a conducir la extraviada unidad
86 por el vértigo del infinito.
Como se ve, dos hombres de ciencia algo inusuales para la corriente estereotipación
que corroe al género. Unidos en el fondo por el deseo de abandono de un
mundo al que consideran miserable y del cual abjuran tácita (en el caso
de Prat) o explícitamente (como lo hace Mistein), el joven
termina siguiendo el camino del viejo, que oficia como una suerte de chamán
occidental entreabriéndole las puertas de una realidad otra.
Por otro lado, este film -en el que algunos han querido ver la versión
moderna y autóctona de Alphaville (Lemmy Caution
contra Alphaville, Jean-Luc Godard, 1965)- luce una cuidada
elaboración estética basada en un gran cuidado de la fotografía
y puesta de cámara, aunque flaquea rotundamente en la narración,
a partir de un guión endeble, cuya curva dramática no consigue
jamás el ascenso esperado y cae pronto en un irremediable sopor. Inconvenientes
acentuados aun más por la notable opacidad que destiñe a
los personajes, intercambiando todo el tiempo diálogos tan graves como
sentenciosos y confiriéndole así una solemnidad tal al relato,
que termina por arrojarle un salvavidas de plomo a una idea inicial de indudable
interés.
Por otro lado, hay como núcleo central una inequívoca metáfora
sobre los desaparecidos a partir de la suerte que corre la citada unidad 86,
aunque, como afirmara Mosquera en su momento, el apunte es más
bien sobre la comunidad que debe sobrellevar la carga de aquel duelo que aún
no se (le) ha permitido elaborar.
En derredor del suceso sobre el que gira la película, pululan una serie
de burócratas menos interesados en conocer la verdad de lo que ocurre
que en encontrarle una solución práctica al asunto
y olvidarlo cuanto antes.
En este sentido, paradigmáticas las palabras del personaje interpretado
por Miguel Paludi hacia el final: Aquí no ha pasado nada.
En idéntica línea las de un colega suyo, que le resta importancia
al episodio porque las vidas humanas en juego sólo son cuarenta.
Pero quizás el costado más interesante de esta realización,
y sobre el que poco y nada se ha dicho hasta aquí, sea la subtrama que
indaga en la relación entre Prat y su inesperada aliada, una lolita
en el sentido histórico del término, cuya distraída sensualidad
parece perturbar impiadosamente la psique del solitario protagonista.
Esta extraña amistad entre el topólogo y la chica, marcada por
las miradas de dos hombres (Prat y Mosquera), imprime una inconfesable
carga de erotismo que subyace y tensa el film a todo lo largo, a contrario de
lo que suele suceder en un género que en materia de sexo destaca casi
siempre por el pudor in extremis o directamente la omisión lisa y llana.
Al
año siguiente se registra la aparición en sociedad de FARSA
PRODUCCIONES, un colectivo audiovisual conformado por adolescentes
que estrena Plaga Zombie (Hernán Sáez/Pablo
Parés, 1997), un film sobre zombies y alienígenas
filmado en casas de amigos, con un presupuesto absurdo, edición
en cámara y escasos conocimientos técnicos. La película
se convierte rápidamente en objeto de culto entre cierto círculo
de jóvenes cinéfilos y se perfila como uno de los primeros
intentos de incursión reflexiva en el género en nuestras
pampas.
Por otro lado, esta aparición destaca en la Sci-Fi argentina
por la presencia de ciertos rasgos normalmente asociados con la postmodernidad.
Básicamente tres características a señalar en esta dirección:
en primer lugar la utilización de la llamada metanarratividad, es decir
el deseo de poner en evidencia el mecanismo detrás de la obra, o, dicho
de otro modo, la narración de la narración, que en el caso de Plaga... opera
sobre todo en el plano de la construcción de los personajes (adolescentes
argentinos que interpretan a adultos estadounidenses y hablan en neutro,
como si sus voces hubieran sido dobladas) y en el de los efectos especiales
(cuya brutal rusticidad splatter nos señala sin cesar su carácter
artificial).
En segundo lugar, la verificación de una fuerte intertextualidad autoconsciente,
en tanto el relato no intenta remitir a la realidad, sino por el contrario
articularse como suma de citas audiovisuales, llevadas a término en
forma de homenaje y parodia a una vez.
Citemos
a los propios realizadores, cuando afirman que las influencias son muchísimas
y de muy distintos tipos de películas, desde Toy Story (Jhon
West -Berta- el cowboy luchador de catch que perdió su
trabajo porque ahora están de moda los guerreros intergalácticos),
pasando por Star Wars (los personajes van cambiando de ropas
a medida que avanza la película), con obvias referencias a Mal
Gusto (el estilo de la sangre y los efectos)...las influencias
son miles.
Por último, es de hacer notar el uso constante de la ironía en
el discurso, que destruye cualquier posibilidad de un remitir a algún
patrón artístico establecido, dinamitándolo en todo caso
a través de la burla o el absurdo.
La historia narra como Mike Taylor (Walter Cornás) es
abducido por un OVNI en la casa de su amigo Bill Johnson (Pablo
Parés). Mike regresa, pero infectado por un virus alienígena,
lo cual provoca en él truculentas mutaciones que acaban transformándolo
en un zombie sediento de sangre. La infección se extiende y los zombies
se cuentan luego de a cientos, lo que obligará a una lucha titánica
-en la que incluso tomará intervención el FBI- para acabar
con la plaga que da nombre al film.
En
el plano mítico de la Sci-Fi, obviamente la presencia
de estos aliens nocivos de aspecto más o menos antropomórfico,
y cuyas señas particulares pueden rastrearse a lo largo de la
historia del género como suma de varios especímenes entre
los que, fundacionalmente, podríamos destacar a nuestro amigo
de This Island Earth (Más Allá de la Tierra, Joseph
Newman, 1955).
Por otro lado, el progresivo desmadre que aquéllos generan valiéndose
de zombies humanos vuelve inevitable la mención a Plan 9 from Outer
Space (Vampiros del Espacio, Ed Wood, 1959).
Y por supuesto que en el terreno de los zombies cuyas causas de aparición
no se fundan sobre bases sobrenaturales, la referencia obligada es para la
célebre trilogía de los muertos vivos, a cargo de George A. Romero.
Corriéndonos hacia el nivel arquetípico hallamos al héroe,
en este caso Bill Johnson, referente del ciudadano común devenido último
bastión de la conservación de la especie, rasgo característico
de los productos Sci-Fi americanos de los años '50, aunque
siempre, claro, bajo el tono de revisitación paródica que respira
el film de principio a fin.
LA
SONÁMBULA, RECUERDOS DEL FUTURO
En 1998 surge
un film saludado por gran parte de la crítica como la -aparentemente
sin discusiones- primera película de ciencia-ficción del cine argentino: La
Sonámbula, Recuerdos del Futuro.
Y sólo por ello le dedicaremos especial atención. Su
director, Fernando Spiner, ya había coqueteado con el
género en el mediometraje Balada para un Kaiser Carabela (1987),
rodado en 16mm y protagonizado por Luis Alberto Spinetta.
Sin embargo, el propio Spiner expresa acerca de su obra:
"Es un viaje en la mente de una mujer a otra dimensión. Es un
film de ciencia ficción y también es una ficción fantástica.
Es una road movie. Y fundamentalmente es una película muy especial dentro
del cine argentino".
Ahora, si bien es cierto que el objeto de esta exploración es constatar
la presencia de la Sci-Fi en films argentinos, y no intentar hacer encajar
estos films en uno u otro casillero genérico, se plantea aquí una
interesante cuestión al respecto sobre la que sería bueno extenderse
un poco más.
La historia transcurre en el año 2010, en una Buenos Aires opresiva,
represiva y caótica a un tiempo. Es el año del bicentenario de
la Revolución de Mayo y las omnipresentes pantallas se encargan
de recordarlo sin cesar tras una sensual
pero fría voz femenina. Lo cierto es que una explosión en un Centro
de Investigaciones, accidental o provocada, causa la amnesia total de la
población. No hay antídoto ni cura conocida. El Ministerio
de Control Social es el órgano de un Estado autoritario que se encarga
de reagrupar a las personas con los suyos, aunque muchos no se reconozcan y
sean incapaces de rehacer el vínculo. Surge un foco de resistencia que
es obligado a someterse a terapias de rehabilitación. Desde
su bunker tecnológico, el doctor Gazzar (Lorenzo Quinteros)
lo dirige y observa todo a través de su cámara Gesell,
capaz de penetrar en los sueños de los pacientes.
A este Centro llega una nueva afectada, Eva Rey (Sofía
Viruboff), quien tiene la extraña e inquietante cualidad, no sólo
de soñar en colores -pues el mundo que se nos presenta hasta aquí es
enteramente en blanco y negro-, sino de visualizar el futuro. El doctor
Gazzar sospecha que esta mujer puede ser la clave para dar con Gauna,
un misterioso líder que impulsa a los ciudadanos a la rebelión
contra la imposición del Estado a aceptar un pasado que ellos no recuerdan.
Aquí entra en escena un oscuro burócrata, Santos (Patricio
Contreras), quien ordena que Eva sea liberada junto con Ariel
Kluge (Eusebio Poncela), otro afectado que trabaja como espía
para el gobierno y que tendrá la misión de informar, mediante
un transmisor implantado, el derrotero de la protagonista. Pero Kluge se
enamora de Eva, y ambos emprenderán una huida hacia el interior
de la Provincia de Buenos Aires. Enterado de la situación, Santos se
dispone a eliminarlos a ambos, mas un grupo de la resistencia ayudará a Eva a
escapar en un misterioso tren que la llevará de vuelta a... nuestra
realidad, que por supuesto, es en colores. Kluge, que echa a correr
desesperadamente detrás de la formación ferroviaria, atravesará también
la barrera e irá en busca de su amada, pero ella ya no lo recuerda,
ante el múltiple estupor de aquél: no sólo ya no existe
para Eva, sino que su marido, Gauna, no es otro que el doctor
Gazzar, y lo peor, él, convertido en un ente, un fantasma salido
de una pesadilla o arrojado violentamente desde alguna dimensión paralela.
Si repasamos la presentación estrictamente lineal de esta distopía made
in Argentina, constatamos, a medida que avanza, la presencia de
una puesta en escena (la opresiva y panóptica Buenos Aires, la
devastada y postapocalíptica Provincia),
unos personajes (el científico-burócrata Gazzar, el malvado Santos,
el héroe casual Kluge) y un relato aparente (el de una metrópoli
del futuro hipertecnológica y bajo el control de un Estado represivo)
que nos zambullen de lleno en las aguas más glaucas de la Sci-Fi.
Sin embargo, el giro final de la historia, ambiguo, pero que nos revelaría
que todo no ha sido más que una pesadilla de la protagonista, abren
un signo de interrogación al respecto. Así, bajo esta nueva luz,
estaríamos hablando en rigor de sólo un film de ficción,
una fábula cuya coartada ya no es la ciencia sino el sueño,
recurso que devuelve la soberanía a una realidad que reconocemos como
nuestra realidad cotidiana (como en Patolandia..., ¿recuerdan?),
aunque valdría la pena pensar si ese solo recurso basta para echar abajo
un verosímil paciente y conscientemente construido y en el que el espectador creyó porque
así lo ha urdido Spiner muy a sabiendas, para asestar luego su
golpe final con el ¿inesperado? desenlace.
Señalemos aquí que el film nos da un par de pistas para leer
en retrospectiva el carácter onírico de lo que está ocurriendo
ante nuestros ojos: así la fantasmal aparición de Aldo (Alejandro
Urdapilleta) con su caballo Oscar y, en sentido opuesto, la literal
desaparición del doctor Gazzar al caer bajo las balas de Santos.
Pero esto no es todo, pues hay una instancia crucial que hace ingresar al film
en los dominios de otro género que viene a terciar en la cuestión.
En efecto, el pasaje de Ariel Kluge, un ser soñado que de pronto
cruza la barrera para habitar la realidad de quien lo sueña, nos lleva
inmediatamente a las arenas del fantástico. Cabe aclarar que nos aproximamos
al concepto de fantástico visualizado como ese corpus de films en que
la realidad exhibida en pantalla coincide básicamente con la del espectador,
pero cuya normalidad será quebrantada por uno o más hechos que éste
aceptará en la ficción, pero que difícilmente reconocería
como posibles fuera de ella (en este caso, la corporización de sujetos
que sólo viven en nuestros sueños, o bien, desde otra perspectiva,
la posibilidad de existencia de mundos paralelos por los que el hombre tendría
la facultad de desplazarse sin más).
Para completar el panorama, la secuencia claramente road-movie del escape de
los protagonistas, quienes a bordo de un automóvil abandonan Buenos
Aires hacia las afueras de la ciudad, no hace más que reafirmar
la necesidad de insistir sobre el estatuto netamente teórico y convencional
de los géneros y sus distintas definiciones, útiles en tanto
herramientas que proveen un marco teórico y un campo apto para el análisis,
pero estériles cuando se pretende un sistema de pertenencia único
y la supuesta adscripción pura del film a un género determinado.
Como señaláramos anteriormente, constatamos en La sonámbula...una
vasta presencia de componentes temáticos, arquetípicos y míticos
constitutivos de la Sci-Fi.
Señalemos en el primer orden la presencia del doble, condición
sine qua non del género, construido sobre la base de emparejamientos (bien/mal,
normalidad/anormalidad, terrícola/ET, etc.).
Una encarnación clásica la hallamos en el mito del Dr. Jekyll
and Mr. Hyde y sus numerosas puestas en pantalla.
En la historia de Spinner, el doble viene dado por la figura del Dr.
Gazzar, obseso y vigilante voyeur al servicio del poder a través
de la ciencia, quien a su vez es, sin saberlo, el enigmático subversivo Gauna,
que insta a la insurrección de los ciudadanos, a la recuperación
de su libertad.
Otra variante del esquema binario sería afectados/no afectados, entroncado
a su vez con la temática de las alteraciones del cuerpo humano, en este
caso no sólo al nivel de una leve monstruosidad exterior (una gran mancha
oscura surca el rostro de los contaminados), sino también
de una anomalía interna: los cerebros de la inmensa mayoría,
abandonados a una completa amnesia.
Mencionemos dentro de este ítem la nítida presencia del mal,
otro de los ejes básicos sobre los que se construye el género.
Aquí, y a contrario de la tradición más rancia de la Sci-Fi,
el mal está encarnado por el Estado, horrorosa máquina burocrática
que convierte a los ciudadanos en sus posesiones, seres manipulados y aniquilados,
despersonalizados y despojados de su pasado. El representante humano de este
mal es Santos, el obtuso y taimado funcionario interpretado por Patricio
Contreras. 
Por lógica del género, a este mal se opone un bien (el omnipresente
esquema binario), plasmado en los personajes de Kluge -movido por la
fuerza del amor a Eva y las ansias de rebelión ante el estado
de cosas-, la propia Eva, funcionando como puente a la libertad de los
que resisten, y el grupo disidente (encabezado por Gorrión (Gastón
Pauls)) que protege a la joven para permitir su encuentro con Gauna,
que finalmente trocará en el despertar de la mujer y el citado pasaje
al mundo real de Kluge.
En el orden narrativo apuntemos la presencia, una vez más, del hombre
de ciencia, esta vez el Dr. Gazzar, en principio versión postmoderna
del sabio que trabaja para el Estado en calidad de empleado de alto rango,
tal como empieza a acontecer en las producciones americanas de la década
del '50. Sin embargo, Gazzar obra completamente en solitario,
abstraído frente a su cámara Gesell -extraño computador
conectado a una pantalla-, y sólo mantiene diálogos mínimos-funcionales
con sus subordinados. Todas estas características lo acercarían,
de modo algo más velado, al modelo de científico individualista
cuya saga comienza con el celebérrimo y archicitado Dr. Frankenstein,
allá por los '30.
No obstante, otros rasgos colocan a este personaje en un estrato diferente:
por un lado, su relación con Santos no es buena, y en el fondo
lo desprecia con fuerza, y por el otro, a medida que va comenzando a formular
hipótesis acerca de lo que está sucediendo con Eva Rey y
con el propio mundo que habita, su fidelidad al gobierno -ya en sutil duda
al principio del film- se resquebraja completamente, superado por el extático
gozo con que celebra la revelación última de la verdad (súmmum
del positivismo científico y de sus leales ejecutores). Esta tensión
entre ciencia y poder se dirime con la muerte/desaparición de Gazzar a
manos de Santos, y halla un ejemplo célebre en las antagónicas
posiciones de los militares y el científico de The Thing (From
Another World) (El Enigma de Otro Mundo, Christian Nyby, 1951):
mientras los primeros sólo quieren eliminar al peligroso alien que han
hallado en una base emplazada en la Antártida, el segundo pretende
la conservación del ejemplar como una oportunidad única para
la ciencia.
Regresando a Spiner y su film, hallamos otros tres soportes arquetípicos
propios de la ciencia-ficción: el malo, encarnado, como ya se
ha dicho, por Santos; el héroe, Ariel Kluge, y la mujer, Eva
Rey. Ocupémonos ahora de cada uno de ellos.
Santos, como ya se ha dicho antes, es, en este contexto, tan
sólo la cara humana y visible, el siervo de un Mal en última
instancia incorpóreo y tan huidizo como Gauna: el aparato
corporativo-estatal. Ente que todo lo ve pero que nunca encarna, no
permite por ende ser visto ni identificado. Así, operando de
modo fantasmático, logra desviar las iras de la población
hacia individuos de carne y hueso, pequeños subgerentes de la gran
causa, chivos expiatorios a su pesar que canalizarán malestares
generalizados, insurrecciones ciudadanas y otras molestias afines (cualquier
similitud con la ebullición anti-clase dirigente en
la Argentina de 2001 es pura coincidencia).
Pero si en la tradición más rancia de la Sci-Fi -que aún
hoy sigue gozando de relativa buena salud-, el héroe es el celoso cancerbero
de todo lo establecido, atlético, amigable, altruista, en fin, abnegado
ser al servicio de la comunidad, a partir de los '80 comienza a observarse
en el género la aparición de su contracara postmoderna, el antihéroe.
Este nuevo modelo luchará generalmente en solitario, enfrentando a grandes
monstruos corporativos (Kluge perseguido por la maquinaria estatal),
y nótese el significativo cambio de entidad de la bestia. Su meta no
será la salvación colectiva sino tan sólo la supervivencia
o la huida desesperada y motorizada, como en este caso, por el amor de una
bella muchacha (la pareja en retirada hacia las afueras de Buenos Aires).
Y el final, ciertamente, no se parecerá en nada a los happy ends de los
clásicos hollywoodenses (el personaje de Poncela termina de hecho
aprisionado en el peor de los limbos). Todo dominado por un estado de ánimo
donde campea el escepticismo junto a la confusión propia y del entorno.
Como se ve, tan lejos de la iluminadora claridad de la mayoría de los
héroes de antaño como de su absoluta ausencia de dudas morales
(es que no estaban para semejante jactancia de los intelectuales).
Tres films de culto nos muestran ejemplos relacionados con esta versión
heroica de los nuevos tiempos:
De 1982, Blade Runner. Basado en el clásico de la literatura
de ciencia-ficción ¿Sueñan los androides con
ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick, nos topamos aquí con Harrison
Ford como el atormentado Rick Deckard, sombrío y pesimista,
intentando desentrañar si el hecho de eliminar replicantes lo convierte
o no en un asesino.
Tres
años antes se estrenaba Mad Max, en el que un Mel
Gibson violento y vengativo deambulaba por carreteras devastadas
y acababa invariablemente solo.
Más acá en el tiempo aparece Robocop (Paul Verhoeven, 1987),
con un héroe a su pesar (Peter Weller/Murphy), sujeto
experimental de una megacorporación cuya área de mercado es la
seguridad y por las dudas no le demos pasto a las fieras.
Un detalle: los tres personajes mencionados son policías.
El último arquetipo caro a la Sci-Fi y presente en La sonámbula...es
el de la mujer.
Presentada históricamente como fiel ladera del hombre, pasiva exhibidora
de sus encantos y causa de los desvelos del héroe (los ejemplos son
miles, pero en tren de citar uno véase por caso a la sumisa Joanna
Miles en The Ultimate Warrior (Robert Clouse (1975)),
esta visión desfachatadamente machista comportará algunos atisbos
de cambio a través de los años, aunque ello más al nivel de
la superficie que como transformaciones auténticamente sustanciales.
Sin embargo, y excepcionalmente, hallamos films -muy pocos- en los que la mujer
aparece como un ser inteligente, pleno de potencia y en busca irrenunciable
de su libertad (así la sexy Eva (Jennifer Beals) en The
Bride (La Prometida, Franc Roddam, 1985)).
En el caso de nuestra Eva, es interesante señalar que nos hace
seguir un derrotero paralelo y tan engañoso como el del film: al principio
una mujer sola, afectada por el mismo mal que tantos de sus congéneres,
se unirá con Kluge en un escape-historia de amor que no excluirá una
pudorosa escena de sexo (y en este pudor sí que el film adscribe al
género sin medias tintas) y, en medio de la deriva general consecuencia
de la amnesia colectiva, parece observarse a una mujer independiente, que debe
recorrer un camino nunca antes transitado por nadie -y en este sentido no es
casual el nombre de Eva-, directo hacia una realidad insospechada. Sin
embargo, al despertar de su sórdido sueño, comprobamos, junto
a Kluge, que Eva es ahora una joven burguesa de buen pasar, que
no duda en cobijarse bajo la protectora presencia de su cónyuge masculino
ante la siempre inquietante aparición de un extraño (de lo extraño).
Por otro lado, y si bien Eva parece erigirse como la protagonista de
la historia, quizás lo sea en tanto vehículo que lleva adelante
la narración, que no por el peso específico del personaje dentro
de la trama. Raramente en el film vemos a través de su mirada, sino
que, en todo caso, son los ojos de Kluge y eventualmente los del Dr.
Gazzar los que guían el relato. Punto a tener en cuenta antes de
considerar apresuradamente una composición progresista de la protagonista,
de quien, al fin y al cabo, sólo conocemos una oscura pesadilla...
Corrámonos ahora hacia el costado mítico de la Sci-Fi verificado
en el film: el robot, en este caso bajo la forma de la cámara Gesell,
complejo computador que no alcanza el status de IA, pero tampoco se reduce
a mero procesador de datos, lo cual queda demostrado en su principal función
y razón de ser: penetrar en las psiques humanas permitiendo
la lectura de los sueños que producen los ciudadanos afectados.
Mención
aparte para la excelente fotografía y escenografía del
film, es notoria la correspondencia entre la propuesta de Spiner y
otro clásico de la literatura de ciencia-ficcción:
nos referimos a 1984 (George Orwell, 1948). Obra
de notable influencia desde su publicación hasta nuestros días,
ha sido llevada al cine en dos discretas versiones que conservaron
el título original: una dirigida por Michael Anderson en 1956 y
la otra con Michael Radford detrás de las cámaras,
en el mismísimo año 1984 (¿exploitation?,
no...).
Además, la famosa pieza de Orwell dice claramente presente en
la trama y ambientación de un film de culto del género: Brazil (Terry
Gilliam, 1985).
En relación a La sonámbula..., varias son las deudas que
se aprecian con la novela, comenzando por la noción de Gran Hermano,
suprema expresión del poder, aquel que todo lo controla pero cuya existencia
los ciudadanos sólo pueden corroborar a través de los omnipresentes
retratos del líder, con ojos a lo Gioconda, de esos que le
siguen a uno donde quiera que esté, al decir de Winston
Smith, el torturado protagonista del hito orwelliano.
Y si bien en el film no hay un correlato explícito de esa omnipresencia, ésta
se manifiesta a través de una serie de elementos que, a su vez, también
son deudores de la novela. Repasemos: las pantallas (telepantallas en 1984)
vigilando a los ciudadanos y controlando no ya sus acciones externas sino -y
esto es privativo del film- también penetrando en sus sueños;
la presencia de un Estado que se erige en gigantesco órgano espía-represor
(el Partido en la historia de Orwell), quebrantando la intimidad
de los individuos;
el concepto de panóptico -con la debida referencia, claro está,
al Vigilar y Castigar de Michel Foucault-, expresado, tal como
en la novela, en sus tres vertientes: arquitectónica (véanse
los vidrios espejados que permiten observar a los pacientes en terapia sin
reciprocidad),
a través de la pantalla (en su versión ordinaria y
en grado sumo por medio de la cámara Gesell), y finalmente por
la delación de los mismos ciudadanos (así en el episodio en que
la pareja protagónica debe huir del bar, entregados por
la dueña del local, o en la constante exhortación pública
a denunciar al enigmático Gauna);
la manipulación del pasado, que es el sustrato ideológico del
poder en 1984, y que en el film opera como método -aberrante-
para sostener al Estado mediante la imposición de una brutal reagrupación
familiar;
la
correlación entre las figuras de Gauna y Emmanuel
Goldstein, ambos de incierta existencia, enemigos del orden establecido,
esperanza de los que resisten y objetos de desvelo para el poder;
y finalmente, el encuentro y posterior huida de la pareja cuyo amor no terminará de
florecer, construyendo un sólido lazo entre Eva-Kluge y Winston-Julia.
Sin embargo, hay otras fuentes de las que el film parece nutrirse: obsérvese
el look de los protagonistas, dominado por el cuero en plan más o menos
andrajoso, la lucha por la supervivencia y ese automóvil negro surcando
territorios devastados, todos tópicos que traen a colación a
la futurista Mad Max, por no citar secuelas y engendros derivados de
su éxito.
Por otro lado, el implante ocular de Gazzar -metáfora de la obsesión panóptica-,
así como el desdoblamiento de la realidad, remiten inmediatamente a
otro clásico revolucionario de la literatura del género: Neuromancer (Neuromante, 1983),
de William Gibson, que inauguraría lo que luego daría
en llamarse movimiento cyberpunk, y cuya influencia llegaría al cine
de la mano de títulos como Jhonny Mnemonic (Robert Longo, 1995,
adaptación de la novela homónima del escritor), y más
recientemente la elogiada The Matrix (Andy & Larry Wachowski, 1999).
En efecto, el injerto quirúrgico-tecnológico que ostenta el personaje
de Lorenzo Quinteros nos lleva derecho a las gafas implantadas de Molly,
contraparte femenina en la novela de Gibson, en donde, dicho sea de
paso, las inserciones de software y hardware en el cuerpo humano son moneda
corriente. Por otro lado, la existencia de dos realidades -sueño/vigilia,
que bien podría ser realidad/realidad paralela- nos conduce a uno de
los tópicos de la poética gibsoniana: la coexistencia de realidad
y VR.
Por último, no podríamos abandonar La sonámbula... sin
hacer una breve mención a las forzadas alusiones del relato a cuestiones
varias e inextricablemente unidas que hacen a la historia colectiva de nuestro
pueblo: así la reconstrucción de la memoria, la huella de la última
dictadura en nuestra sociedad, el papel de la militancia revolucionaria como
alternativa y la (no)presencia de un líder como motor de la lucha. ¿Acaso
es Gauna Perón en el exilio? Y la desilusión de Kluge al
comprobar que el gran líder no es otro que el oscuro Dr. Gazzar, ¿remite
a la ruptura de la izquierda peronista con el anciano conductor?
En fin, interrogantes que dejamos abiertos para el cibernauta que quiera recogerlos,
continuando nosotros este periplo a tientas por la Sci-Fi local.
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