|
|
Los '80 son
los años de Reagan y su star wars en
una galaxia demasiado, demasiado cercana; claro que sin descuidar los
objetivos más inmediatos -particularmente Centroamérica-,
que comienzan a ser carne de cañón de la beligerante
política exterior emprendida por el ex-cowboy del cine y la
TV.
Pero también cae el muro de Berlín, Juan Pablo II inaugura
su larga estancia en el Vaticano y Rusia se abre al mundo de
la mano resbaladiza de Mijail Gorbachov. Es el contexto ideal para que
el capitalismo redoble la apuesta y vuelva a postularse como el sistema natural de
organización humana. Casi todos le creen.
En
lo que respecta a la producción, el género entra en esclerosis
progresiva, echando por tierra las posturas críticas de los '70 y
subordinando la totalidad de la composición fílmica a los
efectos especiales, Alfa y Omega de las nuevas entregas Sci-Fi.
Por lo demás, y a falta de ideas, comienzan a aparecer por doquier
las remakes y sagas de éxitos pasados, siempre en puntual y continua
degradación respecto de sus predecesoras. Así, surgen dos
secuelas de Star Wars y unas cuantas más de Star Trek (a
partir de Star Trek: The Motion Picture (Robert Wise, 1979)),
entre muchas otras. Pocas excepciones a tan sombrío panorama.
Por estos lares, la dictadura va perdiendo fuerza política de modo inexorable,
y en un último coletazo provocará la irresponsable guerra de Malvinas,
que contará con el masivo apoyo de la población y concluirá con
previsible derrota militar y trágico destino para buena parte de una castigada
generación.
La producción inaugura con una mención a la taquillera celebración
parapolicial de Comandos
Azules (Emilio Vieyra, 1980), en la que conviven la glorificación
de la institución policial y sus métodos más oscuros, un Congreso
Nuclear para la Paz con sede en Mar del Plata, y un científico
ruso exiliado en la tierra de la libertad, quien arriba al país para participar
del citado Congreso y es secuestrado por su antigua patria comunista,
que pretende poner a trabajar su materia gris en función de repudiables
fines que tanto la Argentina como los Estados Unidos jamás
consentirían... Sólo jirones del género en esta nueva joyita del
persistente Vieyra: el estereotipado y afligido hombre de ciencia al servicio
de la paz (Maurice Jouvet), dos héroes con inquietantes referencias
a la realidad de la época (Jorge Martínez y Víctor
Hugo Vieyra); la temática nuclear, y algunos ingenios propios de los
films y seriales de espionaje (grabadores de cinta abierta, gas tóxico,
microtransmisores, etc.), entre los que vale destacar al Temerario del profesor
Pushkin, que esconde un complejo dispositivo con doble función: por
un lado monitorea el pulso de aquél, y simultáneamente posee la
capacidad de establecer comunicación -en una suerte de telegrafía
de avanzada- con el reloj pulsera de este sabio y venerable anciano con
alma de niño.
Por si a alguno le quedaban dudas, el bueno de don Emilio pergeña,
tan sólo meses después, Comandos
Azules en Acción (Emilio
Vieyra, 1980), explícita secuela de su predecesora en la que
un grupo de científicos descrubre la fórmula que haría posible
la fabricación del metal anti-gravitatorio. La única
novedad -vaya...- es la aparición de Germán Kraus como el
nuevo compañero de correrías de Jorge Martínez, perpetrándose
de este modo una de las sagas más deleznables que registra nuestra recorrida.
Más
Allá de la Aventura (Oscar Barney Finn, 1980),
en cambio, constituye un raro ejemplo de tratamiento de la temática OVNI en
el cine nacional. La historia se inicia en París, donde Sonia (Catherine
Alric) conduce un programa televisivo de documentales sobre el mundo
de la naturaleza. Buscando alternativas para paliar el escaso rating
y evitar el levantamiento del envío, la muchacha decide venir
a la Argentina siguiendo la pista de un enigmático investigador
que relata extraños sucesos en el norte de Misiones: tras
la caída de un aerolito, los pájaros han dejado de cantar,
las piedras se han agrietado, los animales salvajes han desaparecido,
y lo más inquietante: los habitantes del poblado se han vuelto
aprensivos, esquivos y temerosos en extremo. Sonia se traslada
al lugar de los hechos, donde la aguarda Tony Medina (Andy
Pruna), junto a quien emprenderá una expedición que
los pondrá frente a frente con los peligros potenciados de una
naturaleza salvaje y redobladamente hostil por los influjos del fenómeno OVNI.
Hojas que provocan lacerantes heridas al mínimo contacto; troncos
a temperaturas insospechadamente hirvientes; muertes animales y humanas
de apariencia ritual; misteriosas desapariciones y resplandores cegadores
sumen a los protagonistas en un espacio extrañado en el que la
mano alien, se sugiere, ha tenido algo que ver. Esto y la presencia de
dos hombres de ciencia más bien cercanos a una ufología
a lo Fabio Zerpa, constituyen las únicas huellas verificables
del género dentro de una trama cuyas incoherencias probablemente
guarden relación con la imprevista deserción de Pruna a
mitad del rodaje.
Y
cerrando el recorrido por el año 80, Carlos Galettini anota
el último doble para los Superagentes: Los Superagentes
contra Todos y Los
Superagentes y la Gran Aventura del Oro,
tal vez las últimas entregas que conservan el encanto que
acompañara a la saga hasta aquí, y que abandonaría
definitivamente en los dos posteriores y anquilosados films
perpetrados un par de años más tarde a modo de anacrónico
adiós.
Respecto de esta nueva incursión de Galettini por la serie, no
se registran mayores novedades sino más bien por el contrario, evidentes
signos de explícita recurrencia. Los Superagentes contra Todos debe ser
argumentalmente la más desfachatada: La Gioconda es sustraída
del Louvre y las autoridades francesas convocan a detectives de todo el
planeta para recuperar la invaluable pieza. Entre ellos los Superagentes,
por supuesto, quienes, demostrando una vez más que los argentinos estamos
a la cabeza del mundo, finalmente devuelven la creación de Da Vinci a
su sitio en el famoso museo. Desbaratada esta peligrosa banda y condecorados
con todos los honores, los héroes regresarán a la Argentina para
combatir al Nono, padrino de la mafia que viaja a nuestro país
para consumar negociados fuera de la ley apoyado por su banda de gangsters.
Los Superagentes y la Gran Aventura del Oro, en tanto, parece
fatigar la senda recorrida en la producción de 1978 Los
Superagentes y el Tesoro Maldito (Mario Sábato). Esta
vez hace su presentación Susana Traverso como la agente Estrella
de Mar y una surtida galería de hampones: Garfio, interpretado
por Armando Capó y cómplice número uno de Winchester (Enrique
Kossi), quien a su vez se dedica a robar piezas históricas
de museos argentinos para donarlas a la colección
personal de un -otra vez- codicioso jeque árabe que responde al
nombre de Yusuf (Roberto Carnaghi). El enemigo externo,
por supuesto...
Sin embargo, el gran objetivo de estos criminales es apoderarse de un legendario
tesoro, para lo cual raptan a la hija de un famoso arqueólogo (el Sr.
Morris-Wagner Mautone), el único que podría proporcionarles
la información necesaria para lograr su cometido.
Nada nuevo bajo el sol, como se ve, y una extensa y dudosa leyenda del cine argentino
que ensaya los primeros estertores de su lánguida despedida.
1981 es,
entre otras cosas, el año de otro abordaje en clave de película
infantil a uno de los mitos por excelencia de la ciencia-ficción: Los
Parchís contra el Inventor Invisible (Adrián
Quiroga). Julio
De Grazia es aquí un mad doctor que trabaja en la invisibilidad
aún imperfecta de su Superjefe, quien desea obtenerla
para dominar el mundo (otra vez...). Los Parchís, desgraciadamente
de gira por Mar del Plata, portan sin saberlo las partes separadas
que completarían el invento, por lo que serán implacablemente
perseguidos por el inescrupuloso profesor y sus secuaces. 
Nuevamente
la figura del científico, esta vez en plan corrupto, y con la
particularidad de ser empleado de rango del auténtico malo del
film: el Superjefe,
cuyas únicas cualidades apreciables son su inacabada invisibilidad
y sus ansias desmesuradas de poder. En este sentido puede pretenderse
un licencioso lazo con el oscurísimo Darth Vader, inspirando
temor a diestra y siniestra en la célebre trilogía -ahora
ampliada- de Star Wars, pero al cabo fiel sirviente del todopoderoso Emperador.
Casi como anécdota mencionemos de refilón la temática
de la mutación, a partir de una pistola que convierte seres humanos
en gallinas (lamentablemente de uso reversible); en el orden mitológico
el puñado de computadores de utilidad difusa en la guarida-laboratorio
del profesor, así como el crucial e incompleto invisibilizador, y algunas
obvias referencias a dos series sixtie de TV harto populares en la Argentina: Batman (el
gas adormecedor) y El Superagente 86 (la versión criolla del
zapatófono). Y no habrá nada más, al menos hasta el año 83,
cuando la sociedad salude con alborozo el retorno a la democracia de la mano
del entonces querido Raúl Alfonsín y el género
se sume a la fiesta con Súper-Agentes
y Titanes (Adrián
Quiroga, 1983), infructuoso esfuerzo por levantar las acciones de
dos colosos en franca decadencia.
En este sentido, es curioso observar cómo ya no se presume de la infraestructura
de Acuario, ahora más bien austera, fruto al parecer de una sensible
merma en la cartera de clientes.
Por el mismo lado, el clásico trío decanta en dúo ante
la deserción -definitiva- de Ricardo Bauleo (Tiburón),
a quien sin embargo sus compañeros recuerdan más de una vez durante
el film, llegando a mencionar incluso que se le habría perdido el rastro
en Alaska. El recurso sirve además como excusa para desempolvar
económicas imágenes de stock a modo de nostálgicos flashbacks
de los, ahora, sólo dos protagonistas.
Pero como se anuncia desde el título, a Delfín y Mojarrita se
asocia la troupe de luchadores de Pepino el Payaso, uno de los varios
desprendimientos de los originales Titanes comandados por Martín
Karadagián. La confusa historia incluye secuestro y posterior rescate
de la Momia, desbaratamiento de operación destinada a robar un
importante cargamento de oro y aborto del intento de atentado contra los catchers
y en particular contra Mr. John Barnum (Juan Carlos Thorry),
ex luchador devenido exitoso empresario, tanto que regentea la carrera de los Sport
Billy, engendro musical-infantil de la época que intentaba ser clon
de Los Parchís.
El malo de turno y responsable de todas las pillerías mencionadas es Máscara,
otro ex luchador al que un viejo asunto de polleras le sirve de disparador
para sus ansias de venganza y derrotero criminal.
Como era de esperar, el hombre no actúa solo y viene acompañado
de una serie de fieles lacayos y sólo un empleado de relativo rango:
el ineficiente Morris.
El aporte científico esta vez lo provee el Superjefe de Acuario
Internacional, enviando a la Argentina a la Dra. Hoffmann (¡Julieta
Magaña!) -que luego pasará a ser la agente Sirena- experta
en electrónica y cirujana biónica, y a la que le ha
sido encargada la misión de elevar un informe que tiene muy ilusionado
al Jefe, pues podría significar su ansiado ascenso a Acuario
París.
Por suerte, la Dra. tiene oportunidad de demostrar sus conocimientos
al diagnosticar a Mojarrita, y a sólo golpe de vista, que la
superpila de su dedo biónico está gastada,
lo cual podría provocarle un colapso biónico,
por lo que es menester injertarle una nueva pila, de modo de evitar un shock
electrodinámico. De más está decir que la exitosa
intervención estará a cargo de la propia Sirena, que además
optará por la hipnosis antes que la anestesia.
Otras curiosidades del film son la ampliación de la fauna marina de Acuario,
con brevísimas apariciones de los agentes Ballena y Besugo (acaso
para contrarrestar la modestia de sus instalaciones actuales en comparación
con los viejos buenos tiempos), la mención a la Momia como un
eximio equilibrista circense que Barnum (norteamericano él) desea
llevar de gira a Nueva York, y la experiencia pacifista que
el Jefe intenta llevar adelante con sus muchachos, ordenándoles
actuar sin armas durante un mes, aunque nadie sabe si por desobediencia debida
o incoherencias del guión, el final los encuentre a los tiros limpios
con los enemigos de ocasión.
En
el mismo 1983 se estrena Diablito de Barrio (Antonio
Cunil (h.)), lacrimógena comedia protagonizada por
la estrella infantil Lorena Paola, tan insoportable como de
costumbre, martirizándonos con su poderosa vocecita chillona,
amplio surtido de pucheritos y una completa galería
de graciosas travesuras.
El film filtra un discurso tibiamente populista, pretendiendo retratar la vida
de los pobres y lo felices que son en tanto tales, aunque al final
todos vitoreen al generoso empresario -Juan Carlos Calabró- que
decide invertir en el barrio y hacerlos un poco más ricos.
En lo que a Sci-Fi toca, sólo la presencia del inventor interpretado
por Marcos Zucker, tío de Rita (la Paola), y empeñado
en descubrir el color de la felicidad. Aunque parece que
le cuesta encontrar la fórmula, por lo que su precario laboratorio suele
ser sede de coloridas explosiones, hasta que por azar crea una sustancia indestructible
(sic) que servirá para que las telas te duren para siempre,
al decir de la pequeña protagonista.
Pariente de barrio del sabio loco, el tío de Rita arroja
una pizca dark a fábula tan sensiblera al exclamar en un momento de
científica desazón: ¡Morirme es la única
felicidad que me queda!. Después de ver esta película,
a los espectadores ni eso.
Como si no tuviéramos suficiente, en el mismo año nos invaden Los
Extraterrestres (Enrique Carreras, 1983), burdo cazabobos
de vacaciones de invierno que intenta capitalizar el boom de E.T. The Extraterrestrial (E.T.
El Extraterrestre, Steven Spielberg, 1982). El alien de marras
se llama Monguito, y no logra siquiera ser un pálido émulo
del taquillero original. Un nuevo desaprovechamiento del dúo cómico Porcel-Olmedo y
el género que tardará tres años en volver a asomar la
cabeza, aunque habría que preguntarse para qué. Mientras Diego
Maradona alzaba la Copa del Mundo y desataba una de las últimas
demostraciones masivas de alegría colectiva, en Buenos Aires se
estrenaba Los
Superagentes contra los Fantasmas (Julio Saraceni, 1986),
la entrega final y la más decadente de la larga serie
que se iniciara en 1974 con La Gran Aventura.
Aquí con la previsible ausencia de Bauleo, la reaparición
de Graciela Alfano y las bizarras participaciones de Sergio Velazco
Ferrero y Los Ángeles de Smith.
En esta ocasión, los devaluados Superagentes deben desbaratar
un laboratorio científico clandestino que funciona en el sótano
de un castillo.
Malogradísimo surtido de clichés del terror y la ciencia-ficción,
el film luce las gastadas personificaciones de Bó y De Grazia,
y un guión al que el calificativo de engendro le calza como halago desmedido.
Víctor Bó es el agente Víctor, ya
no Delfín. Otro tanto ocurre con De Grazia, quien
personifica al agente Julio, sin menciones al querido Mojarrita de
otrora. La organización tampoco se llama Acuario y la Alfano es,
como ya se habrá adivinado, la agente Graciela, que no Sirena.
Datos iniciales que dan cuenta de la pauperización que azotará todo
el metraje, desmadradamente incoherente
y plagado de líneas argumentales nunca retomadas en medio de una auténtica
hecatombe narrativa.
Frente a este panorama, algunas gemas que no pueden dejar de mencionarse, como
la secuencia en la que el Jefe de la organización ex-Acuario intenta
venderle a Daniel (Velazco Ferrero) las bondades de sus Superagentes al
mejor estilo Sprayette, haciéndole visionar un video con antiguas
hazañas de los muchachos (auténticas secuencias de
otros films de la serie). Asimismo inevitable no hacer referencia a la total
aniquilación del glamour que se pretendió en casi todos los títulos
anteriores de la saga: se sugiere que ambos agentes están semirretirados
y en la mala: Julio es choripanero en un puesto de ruta
y Víctor parece dedicarse a embaucar magnates envolviéndolos
con sus relatos de héroe jubilado.
En este sentido la entrega parece cruelmente autoparódica, y quizás
el único acierto entre tanta pobreza. Señalemos de paso que el
hecho de que pretenda apuntar a un público aún más menudo que
sus antecesoras no la redime en absoluto de sus flagrantes defecciones. Creer
que los niños son idiotas es, cuanto menos, ingenuo, aunque sobren los
que parecen adscribir a esta teoría.
En lo que a la Sci-Fi refiere, otra vez el dedo biónico de Julio (en
relación a las alteraciones del cuerpo), un robot en clave claramente
antropomórfica que se maneja a control remoto (sospechosamente parecido
al de un televisor), un neurorregenerador oscilante (sospechosamente
parecido a un rallador) y cuatro científicos extranjeros que vienen
a hacer sus experimentos ilegales al patio trasero de América.
Pero si todo esto era demasiado, guardemos aire para el final: Julio -siempre
el más castigado en su suerte con las chicas- despierta súbitamente
los ardientes deseos... ¡del robot!, y como si esto no bastara, el entrañable
ex Mojarrita le corresponde inmediata y fogosamente, con apasionado
beso en la boca incluido y final alejándose de la mano por un parque
arbolado...
Un año
más tarde Eliseo Subiela estrena Hombre Mirando al
Sudeste (1987), uno de los grandes éxitos comerciales
del cine argentino de esta década. Ramtés (Hugo
Soto) es un ser de otro planeta que se interna voluntariamente
en un manicomio, donde conoce al Dr. Denis (Lorenzo Quinteros),
un psiquiatra que se interesará especialmente por este extraordinario
paciente.
Si bien se ha concedido con frecuencia que la procedencia extraterrestre del
protagonista está fundada meramente en los dichos del mismo -que entonces
bien podría ser sólo una suerte de genio ganado por
la locura, tal como quiere creer el Dr. Denis-, observando el film con
un poco más de atención puede verificarse la prueba que refuta
tal aseveración. Veamos: Ramtés comienza a ser visitado
periódicamente por una joven, a la que él llama La Santa (y
que luego revelará como su hermana), ambos agentes de su planeta cumpliendo
una misión en La Tierra. También dice que cuando uno de
estos agentes -diseminados por el mundo- traicionan su causa al caer bajo la
tentación de alguna pequeña maravilla terrestre (la
brisa que entra por una ventana, el olor de una mujer...), un líquido
azul se precipita por la boca de los desertores.
Pues
bien, La Santa se enreda sentimentalmente con el Dr.
Denis, y luego de hacer el amor, el referido líquido azul
se derrama por la comisura de sus labios. A menos que Hombre... sea
la historia de dos mitómanos de los que ya no quedan, la ciencia-ficción irrumpe
aquí con la presencia de estos dos singulares aliens. Notemos
el derrotero explícitamente crístico de Ramtés -con
idéntico mal final- y cierta ligazón con Klaatu en
cuanto a su discurso de advertencia al género humano respecto
del extravío de rumbo moral.
Pero apresurémonos a decir, evitando malos entendidos, que en realidad
es el aliento del film todo -discurso de Ramtés, hechos inexplicables
alrededor de su persona y la música que lo identifica, entre otros varios
componentes amalgamados- el que nos habla de la condición inequívocamente
real de la procedencia que el protagonista afirma poseer. Por lo demás,
sólo una mirada extremadamente miope podría ver en el develar
de este supuesto acertijo la intención última de Hombre...,
siendo que el film pareciera más bien focalizar en la relación Ramtés (Cristo)-Denis (Pilatos/género
humano), en tanto representantes uno y otro, respectivamente, de aquello que
fuimos o podríamos ser y de su versión actual, mezquina y empobrecida.
Volviendo particularmente a Ramtés, obsérvense en él
ciertos rasgos cyborg: proveniente en apariencia de una civilización
más avanzada, nos habla de su memoria computarizada,
luce un tono de voz a caballo entre lo humano y lo maquinal, afirma no estar
precisamente en nuestro planeta sino en forma de holograma e incluso, ante
cierta pregunta del Dr. Denis, responde con un error: no data
found, características éstas que lo sitúan en
un extraño lugar entre sus colegas cinematográficos venidos de
otros mundos.
De lo mejor de Subiela, con menciones especiales para la performance
de Hugo Soto y la banda sonora compuesta por Pedro Aznar.
En el
mismo año, y para compensar, Carlos Galettini dirige Los
Matamonstruos en la Mansión del Terror, en la que varias
momias del Medio Oriente son devueltas a la vida por Nathán
Pinzón en el rol de un científico loco víctima
de un colega carente de escrúpulos.
Tan sólo meses después, es Enrique Carreras quien nos
deleita con Galería
del Terror (1987), otro cazabobos
infantil en el que el profesor Van Strudel (Juan Carlos Galván)
intenta aprovecharse de los incautos buscavidas Olmedo y Porcel para
consumar una estafa millonaria mediante la confección de billetes falsos.
En relación al género, apenas la mención de este nebuloso
mad doctor que incluye algunos detalles visuales -y sólo eso, sin lugar
para equívocos- vagamente entresacados de Peter Sellers y su Dr.
Insólito.
Uno
año más tarde, y partiendo de un hecho real -la muerte
de un joven en una manifestación en 1982-, Gustavo
Mosquera imagina Lo
que Vendrá (1988), controversial ópera
prima que cuenta con la actuación especial del rocker Charly
García.
Miguel Galván (Hugo Soto) es un joven que llega
en su viejo Rambler a una Buenos Aires de aspecto futurista
y distópico -y he ahí la conexión con el género-:
una ciudad desolada, hostil, inquietantemente fría e impersonal.
Tanto como el hospital al que irá a parar el protagonista, agonizante,
gracias a la asistencia de un extraño enfermero (Charly),
quien lo socorre tras ser víctima de una bala perdida en medio
de una manifestación callejera.
Quien efectuó el disparo es el policía -de civil- Morea (Juan
Leyrado), que desde ese momento sufrirá el acoso constante de García,
testigo casual del incidente y un zarpado solitario que se muere de
aburrimiento, al decir del músico aquí devenido actor.
Y desde el punto de vista argumental, hasta aquí llegamos: el film se
dedicará a regodearse en los delirios del moribundo Hugo Soto,
y la persistente búsqueda de venganza del enfermero para con el policía.
Particular conjunción entonces entre una trama demasiado frágil
unida a un discurso formal deslumbrante a partir del excelente aprovechamiento
de la steadycam y una fotografía que logra plasmar la atmósfera
postapocalíptica de esa Buenos Aires que vendrá.
Tal vez el mayor problema de la propuesta estribe en que el director intente
reflejar vacío y hastío provocándolo en el espectador.
Una ingenua ecuación discursiva, como mínimo, por la cual debería,
por caso, pretenderse el deceso del público durante la proyección
de un film que gire en derredor de la experiencia de morir...
Según críticas de la época, Mosquera adhiere a
través de esta propuesta a la consiga postmoderna la forma es
el contenido. Discutible, al menos. En todo caso pareciera quedarse a
medio camino en el intento, dado que no reniega de un contenido argumental
clásico, sino que lo presenta débil, raquítico y casi
como una excusa para pavonearse en sus notables ejercicios de estilo.
Por otro lado, el deambular de este puñado de personajes autistas, incapaces
de comunicarse y a merced de un Poder represivo y sin rostro que recae impunemente
sobre los individuos hiriendo de muerte sus anónimos cuerpos, reúne
a esta película con otras varias de la época que arriesgaban
las primeras reflexiones post-dictadura militar.
Sin embargo, y más allá de todas sus flaquezas, la débil
huella evanescente de Lo que vendrá podría tornarse nuestro
mejor recuerdo si por casualidad llegáramos a tropezar con Las Locuras
del Extraterrestre (Carlos Galettini, 1988), vano intento
por subirse al éxito de la serie Alf, el Extraterrestre. El relato
busca(?) poner el foco en la relación de amistad que nace entre Glut -muñeco
peludo en plan de alien simpático- y Diego, un niño impedido
de hablar pero muy ducho con las computadoras. Para reír y emocionarse,
tal vez haya tentado alguna inspirada publicidad gráfica de la época.
Aportan al desmadre Javier Portales y Emilio Disi.
También durante 1988, Pablo César presenta credenciales
con La Sagrada Familia, burda metáfora sobre el imperialismo
y la explotación, conectada al género por los bizarros experimentos
que un terrateniente y los suyos realizan sobre un grupo de indigentes cuyos
hogares han sido arrasados por una inundación.
Bien
distinto es el caso de Alguien
te está Mirando (Gustavo
Cova-Horacio Maldonado, 1988), raro ejemplo argentino
de cine de bajo presupuesto, con explícita intención
de alinearse con los films clase B americanos de terror y ciencia-ficción,
en particular de los '70 y '80.
La historia narra lo que ocurre a un grupo de jóvenes estudiantes de
medicina cuando aceptan someterse a un experimento ilegal realizado por científicos
yanquis.
La declaración de principios genérica del film sobreviene ya
en la primera secuencia: una Traffic a cuyos lados puede leerse la inscripción Corman
Labs (en obvia referencia al rey del clase B americano) se
detiene en la ruta junto a un helicóptero, traspasándose de éste
a aquélla varias cajas con drogas para el ya citado experimento.
La presencia de elementos Sci-Fi es vasta en el film, aunque, digámoslo
de entrada, la puesta de la película se vuelca claramente hacia el terror,
echando mano incluso a varios estereotipos del género: el grupo de jóvenes
en plan de diversión, la consabida cuota de sexo adolescente, cámaras
subjetivas que sugieren ominosas acechanzas, o las muertes por turnos de los
protagonistas, dominadas por una truculencia de tono decididamente splatter.
La ciencia-ficción canta presente con el trío de científicos
exportados por Laboratorios Corman: Brian, Steven y una
mujer a la que simplemente conoceremos como doctora.
Su tarea consiste en experimentar con la droga CP-1, que lleva
al individuo al estado de coma, estimulado al máximo su potencial onírico.
Siempre según la explicación de estos profesionales, una computadora
reúne la información y la traduce en impulsos binarios que generan
imágenes que se graban en vídeo.
Por supuesto que a los sujetos de estudio se les ofrece una versión
menos inquietante acerca de los efectos de la CP-1.
Lo cierto es que una de las chicas, Daniela (Marisa Ferrari),
es quien genera el sueño e integra en él a sus amigos, pero el
problema surgirá cuando Pity, otra de las voluntarias, interfiera
los computadores y transforme ese sueño en nefasta pesadilla.
Apuntemos aquí que el experimento se desarrolla en paralelo con pequeños
ratones, directa referencia a la utilización de estos jóvenes
tercermundistas como conejillos de Indias y reflejo del accionar impune
de los grandes laboratorios internacionales, cuyo banco de pruebas farmacológico
se nutre básicamente de las poblaciones de países subdesarrollados.
Hasta aquí la inescrupulosidad del grupo de investigadores no arroja
dudas, aunque sí matices de hacer notar cuando las cosas empiezan a
ponerse espesas para esta gente de guardapolvos blancos.
Brian, por ejemplo, se alzará como la única voz
que pretenda suspender el emprendimiento, temiendo por la vida de los
chicos (aunque para llegar a esta postura hubo de esperar hasta comprobar
la muerte clínica de uno o dos de los voluntarios...).
En el otro extremo, Steven, un empleado modelo para Corman
Labs: ante la exhortación de su colega a detener todo frente a semejante
descontrol, impasible, invocará el principio de obediencia debida (el Laboratorio
Central ordenó proseguir con la experiencia sin importar las consecuencias),
la defensa de la investigación pura (non plus ultra del
positivismo científico) y, ya en el orden de las apetencias de gloria
a cualquier costo, la posibilidad de estar ante el mayor descubrimiento
del siglo XX y ganar el Premio Nobel.
Sin embargo, la más elocuente será la doctora, llevando
tranquilidad a sus compañeros y poniendo las cosas en su lugar: Cálmense.
En todo caso el Laboratorio Central será el responsable. Todo esto es
ilegal... (ante la aparente muerte de uno de los jóvenes).
Entonces, gente de ciencia empleada al servicio de intereses que los trascienden,
intereses cuya inmoralidad parece ser el real apunte de valor que vehiculiza
el film en este sentido.
Culminando,
mencionemos la cita a A Clockwork Orange (La Naranja Mecánica, Stanley
Kubrick, 1971) en la secuencia en que Michel Peyronel coloca
un vinilo de música clásica y acto seguido comienza a
destrozar todo cuanto está a su alcance -incluido el tocadiscos-,
mientras su compañero de correrías, el violador Stuka,
se entretiene haciendo honor a su mote con la sufrida Daniela.
A INSERTARSE
1989 es
el año de los saqueos, la hiperinflación y la precipitada
asunción presidencial de Carlos Menem. Dejando a un lado
las propuestas populistas que lo catapultaron al sillón de Rivadavia (salariazo y revolución
productiva eran sus caballitos de batalla), el riojano inaugura
en la Argentina la que muchos denominan segunda década
infame, dominada por la apertura indiscriminada del mercado,
la virtual desaparición del Estado y una corrupción político-económica
sin antecedentes. La ficción (sin ciencia) de la paridad cambiaria
aniquila lo que quedaba de la industria nacional, mientras que un endeudamiento
feroz con la banca extranjera permite cierto ilusorio bienestar a algunos
sectores de clase media. Parecen volver los años del deme
dos y el mismísimo José Alfredo Martínez
de Hoz -Ministro de Economía durante la última dictadura-
señala a Menem como su mejor y más aplicado discípulo.
Mientras
tanto, Luis Palomares nos presenta El
Escudo del Cóndor (1989),
rodado en 1987 y promocionado como el primer film de muñecos
animados realizado en nuestro país.
La historia narra las andanzas de Miguel, un joven empleado de circo
que, tras una noche misteriosa, aparece súbitamente -y junto al resto
de la trouppe- en un planeta desconocido. A partir de allí, el protagonista
vivirá una serie de extrañas peripecias: el encuentro con el hombre
verde -quien le entregará el escudo al que alude el título
y del que se valdrá más tarde para enfrentar los peligros que
le esperan-; el enfrentamiento con una serie de implacables robots nativos;
la prisión junto a sus amigos Llorón y Tito, e
incluso el contacto con un grupo de atribulados extraterrestres, también
ellos cautivos del maléfico Ciber, amo de los robots.
En suma, un relato visiblemente involucrado con el género (a partir
del viaje a otros mundos y la presencia de aliens y aliens-robots con malo
incluido), bajo el signo de una inusual propuesta que merecería ser
revisada y que quizás, al rescatar sin estridencias el valor de los
lazos comunitarios en la vida de los hombres, haya estado más a destiempo
que ninguna otra de entre nuestro ecléctico corpus.
Finalmente, Cipayos (La Tercera Invasión) (1989),
una arremetida de Jorge Coscia que integra nuestra lista por el solo
motivo de ensayar una distopía, en este caso fundada en un hecho histórico
(las invasiones inglesas en el siglo XIX), que no obstante halla su
resolución con paso de comedia musical.
|
|