Durante los primeros '70 y a nivel internacional, el género continúa obsequiando muestras del aparente progresismo que domina desde finales de la década anterior. Observemos qué ocurría al respecto por estas latitudes.
Para empezar, dos largometrajes de animación de Manuel García Ferré. Mencionemos en primer lugar a Mil Intentos y un Invento (1972), ópera prima del realizador que narra los esfuerzos de Antifaz por hallar la fórmula de la invisibilidad. Además de plasmar una nueva entrada en escena de este mito iniciático de la Sci-Fi, el film -que experimentó sendos reestrenos en 1981 y 2001- conecta con el género a través de la figura del inventor “encarnada” por Antifaz, revistando además la primera aparición cinematográfica del célebre Anteojito, uno de los personajes más exitosos de García Ferré.
El mismo director volvería a la carga en 1973, cuando la consigna “Cámpora al gobierno, Perón al poder” era insistentemente repetida, en medio de un clima de euforia y esperanza popular ante el retorno a la democracia y el inminente regreso del líder. El film en cuestión es Las Aventuras de Hijitus, animación caricaturesca que lanza a la pantalla grande a uno de los clásicos personajes del director y cuyo mínimo contacto con el género viene dado por la condición de superhéroe en versión nativa del mismo, en lucha permanente frente a los constantes embates de un científico inescrupuloso y sediento de poder.
En efecto, el protagonista, una vez convertido en Superhijitus, comparte algunos de los atributos más visibles de sus célebres pares: valiente en extremo, fiel amigo de sus amigos y celoso defensor del orden establecido ante la siempre amenazante figura del Doctor Neurus y sus secuaces.


OLIMPO, ACUARIO Y GARAGE OLIMPO

En 1974 muere el ya anciano General Perón y el sueño de muchos comienza a desmoronarse, dando lugar a la peor pesadilla de la historia argentina. María Estela Martínez de Perón se ve de pronto cruzada por la banda presidencial y el nefasto José López Rega asume el poder de hecho en el país. El gobierno se derrumba en todos los frentes y “El Brujo” da el puntapié inicial a una impiadosa caza de brujas comandada por su célebre “triple A” (Alianza Anticomunista Argentina), inaugurándose así el comienzo de una era represiva sin precedentes en la historia nacional.
En sintonía con la espesura de semejante cuadro, emerge una película que haría historia al provocar la saga más larga conocida por el cine argentino. Nos referimos a La Gran Aventura (EmilioVieyra, 1974), a estas alturas mítico film sobre las andanzas de los tres agentes de la organización Olimpo: Hércules (Julio de Grazia), Apolo (Ricardo Bauleo) y Centauro (Víctor Bo). En esta primerísima misión, el trío debe rescatar a Miss Venezuela: Angélica Robledo (Stella Maris Lanzani), secuestrada por una banda de narcotraficantes durante el Concurso Miss Cosmética Internacional. Para ello apelarán a la ayuda de Miss Colombia: Marisa Rey (Graciela Alfano), quien algo informalmente terminará por convertirse en la agente Afrodita. Sin embargo, las cosas acabarán por complicarse del todo al ser secuestrado también el profesor Robledo, padre de Angélica, ingeniero agrónomo de las Naciones Unidas y en rigor la verdadera presa de los delincuentes, pues éstos pretenden que aquél los ayude a optimizar el rendimiento de sus cosechas de opio y marihuana.
Esta primera incursión de quienes luego serían conocidos como los Superagentes, vista en retrospectiva, sienta los rasgos temáticos y estilísticos que luego, con los matices de ocasión, respetarían casi todas las entregas posteriores.
Así, los inseparables Bo, Bauleo y De Grazia encarnan la figura del héroe por partida triple, y, cual émulos locales-paródicos de James Bond, reparten piñas, golpes de karate, tiros y gags con dispares resultados. En lo que no se parecen mucho al apuesto exterminador de rusos es en su relación con el sexo opuesto, funcionando más bien en fase con la frustración represiva del deseo sexual tan recurrente en el cine argentino de los '70, más allá de tratarse de un film apuntado especialmente hacia un público infantil.
Por otro lado se advierten, aunque aún en forma embrionaria, los ingenios tecnológicos que conforman la logística de Olimpo y sus hombres y que los siguientes films se encargarán de desarrollar más o menos convenientemente. En el caso de la organización no aparecen todavía los computadores, pero sí una hilera de monitores en fase y un grabador de cinta abierta que remite a varias series de TV de los '60, caso Misión Imposible. Los agentes, en tanto, usan sus pistolas con silenciador, micrófonos ocultos, se desplazan en un auto con equipo de radio y vidrios blindados y, atención, inauguran la utilización del que con el tiempo se transformaría en un ícono de la saga: el archicélebre reloj-visor, con el que los muchachos se comunican entre sí y con el Jefe de Olimpo.
Otro elemento fundante -y que como los anteriores implica un involucramiento con la Sci-Fi- viene dado por la aparición del hombre de ciencia, siempre un bocado apetecible para los planes desmesurados de los villanos de turno. En este caso se trata del profesor Robledo, como dijimos, un ingeniero agrónomo que trabaja para las Naciones Unidas y que, merced a una serie de experimentos, ha dado con un fertilizante de propiedades casi milagrosas, cuyo noble fin es solucionar el problema de la escasez de cereales en el mundo.
Claro que otros son los planes que al respecto tiene Hugo Ferrara (Ignacio Quirós), el malo de la historia, un narco cínico y afectado que se oculta tras la máscara de un reputado filántropo para cometer sus fechorías. Su objetivo, como ya mencionáramos, es secuestrar a Robledo y obligarlo a utilizar su descubrimiento en favor de sus plantaciones narcóticas.
Como buen intelectual del crimen que es, para Ferrara la muerte debe ser “artística, refinada”, y es por esto que cuando atrapa a los agentes de Olimpo les diseña un tal final: desnudos, amordazados, nuestros héroes deben contemplar frente a ellos una réplica de la Venus de Milo construida con un material “que se derrite con el aire” en un plazo de quince minutos. De ocurrir esto, la bomba que cobija la base de la obra explotaría. Por supuesto los agentes zafarán a tiempo y todo concluirá como es de esperar: liberación de papá e hija Robledo y derrota de los “quiebraley”.
De todos modos, el sádico Ferrara no está solo en esta empresa: lo acompaña una apreciable lista de secuaces (otra constante en la saga y en el género), que comienza por su esposa e incluye al amante de ésta (Juan José Camero), cómplices ambos para engañar a este malhechor devenido cornudo y quedarse con la torta; Enzo Santoni (malogrado al explotar su avioneta en intento de huida desesperada) y, entre los colaboradores de menor rango, Ricardo Lavié, Jorge Martínez y el propio Vieyra, en una de sus habituales apariciones breves, tal como lo hiciera años atrás en La Bestia Desnuda (1967) y otras gemas de su autoría.
Luego de la taquillera experiencia, el director se rehusó a realizar la secuela de la historia, la cual cedería reservándose para sí los nombres de los agentes y organización, razón por la cual los productores de las siguientes entregas se verían obligados a un rebautizo general: así, Olimpo se transformaría en Acuario, y los protagonistas en los populares y definitivos Delfín, Tiburón y Mojarrita. Pero ésa ya es otra historia.

En el mismo año, Operación Rosa Rosa (Leo Fleider, 1974), otra apuesta por la vertiente Bond, que se iniciara allá por 1962 con Dr. No (Agente 007 contra el Dr. No, Ian Fleming). Aquí con Sandro en el rol de un agente secreto que debe luchar contra Medusa, una organización criminal que ha creado un virus “capaz de provocar un infarto en menos de cinco minutos” y con el que planea tomar el poder en el país, para luego controlar el planeta entero.
Los arquetipos básicos de la Sci-Fi se dan cita en este pop film argentino. Ahí lo tenemos a Sandro, desdoblado entre Alex Gerard -el joven cantante millonario e irresistible don juan- y Alejandro Gerard, agente secreto SA13 de la organización Ultra y también él émulo de su colega 007: galán seductor, infalible para con las mujeres, algo engreído y muy ducho en eso de acechar al rival, empuñar armas con silenciador y zafar de cualquier artero intento de sacarlo del juego por parte de sus enemigos. Pero además el nuestro viene con bonus: es héroe de la canción y del espionaje a un tiempo. Qué tal.
A su lado, la mujer (Laura Bove), novia bajo protesta ante un compañero tan dado a sus grouppies y también ella agente de Ultra. Tras un primer vistazo, el personaje de la Bove parece mostrársenos como una joven de resuelto carácter, que no dudará en reprochar sin pelos en la lengua su comportamiento a Alex en relación a otras mujeres y, ya en la faz profesional, actuará como valiente y eficaz agente de su organización, yendo incluso al rescate de su novio y liberándose junto a él en la secuencia final.
¿Un ejemplo de mujer emancipada y fuera de la órbita machista en el cine argentino de los '70?
No nos apresuremos. Como suele suceder en la ciencia-ficción, género retrógrado si los hay en esta materia, no hay nada que celebrar al respecto. Todo volverá a su inerme lugar cuando verifiquemos que el auténtico y único sueño de nuestra joven agente es atrapar finalmente a ese mujeriego incurable de Alex, domesticarlo y, por supuesto, casarse con él. Explícito broche final con la niña en cuestión envuelta en un mar de felicidad al recibir la buena nueva: “Próxima Misión: Operación Casamiento”, de puño y letra de Alex Gerard.
Pero no todas son rosas rosas en esta historia, y, como se impone, hay un malvado que vendrá a sembrar la cizaña. Se trata de “Papi” André, cerebro de la organización Medusa, cuya finalidad, como se ha dicho, es obtener -atención- “el poder constitucional del país” y luego, faltaba más, “el poder del mundo”. Frases como éstas justifican el visionado del film.
Para la consecución de tales fines, André envía un “ultimátum al país”, anunciando que planea diseminar el temible virus cardíaco por “todos los grifos del territorio” si no ceden a sus pretensiones.
Hay algunas pinceladas que trazan el perfil de este personaje llevándolo un poquito más allá del estereotipo del género en lo que al malo de marras refiere, aun cuando la sobreactuación de Luis Tasca boicotee casi sistemáticamente estos intentos.
Veamos: André es un ex-bailarín (ruso, presumimos) que perdió una pierna “luchando para su patria” (el casi infaltable defecto físico del villano en la Sci-Fi) y sólo recibió una inútil medalla como toda compensación. Tan desgraciados sucesos engendran en él un resentimiento del que se vale como (auto)justificación para su proceder criminal. Esta característica, más sus maneras afectadas (con un toque gay a lo Paco Jamandreu) y sus pretensiones de esteta y refinado artista de la venganza, establecen una filiación con toda una serie de pares, cuyo más ilustre representante es sin dudas el inigualable Dr. Phibes, probablemente una de las creaciones más logradas de Vincent Price en su vasta trayectoria.
La barroca ingeniería de tortura que diseña para eliminar a los agentes de Ultra quizás ilustre mejor que nada la personalidad de André: una “marioneta con total autonomía electrónica” (sic) baila al son de su música preferida sobre un pequeño escenario. Frente a éste, Alex y su novia, sentados, atados y conectados a un aparatoso computador.
En el espacio en que la marioneta se desplaza hay un pequeño botón blanco, y cada vez que el muñeco -representación estilizada del propio André- presiona el mencionado botón a consecuencia de su danza, nuestros héroes reciben un “shock electrizante” enviado por la computadora. Estos shocks irán en aumento hasta finalmente acabar con la vida de los dos agentes capturados (aunque, claro está, esto último nunca llegará a suceder).
Nótese la relación entre el mecanismo urdido y la venganza de André, no ya ante Ultra, sino por extensión -en tanto esta organización representante del bien- ante el mundo todo, ése que -literalmente- lo ha mutilado y, según él, arrojado al mal sin la más mínima chance. Más interesante aun es su propia referencia a través de la marioneta dentro del mecanismo, suma de lacerante autocrueldad e impotencia para transformar su atormentada condición.
Claro que la principal arma extorsiva que blande André no existiría de no mediar el sostenido y mancomunado trabajo del Laboratorio Secreto de Medusa, a cargo del profesor Andersen, un científico en el rol de empleado calificado dentro de la organización y al que no parece moverlo otro entusiasmo que no sea el de cobrar su sueldo a fin de mes.
En el terreno de la mitología del género mencionar el computador muy básico -y específico en su uso- que André utiliza para torturar a la parejita de Ultra.
En cuanto a los ejes temáticos, obviamente no falta la epidérmica contienda bien vs. mal, sintetizada en la lucha Ultra/Medusa, e indirectamente la cuestión de la supervivencia, amenazada a escala progresiva por la bacteria (o virus, así alternativamente en el film) que Medusa se propone diseminar por el mundo.

Ya en 1975, el infaltable Enrique Carreras nos hará vivir La Súper, Súper Aventura, en la que los Superagentes comienzan a portar sus nombres definitivos e históricos: Delfín, Tiburón y Mojarrita. Otro tanto acontece con la organización que los contiene, ahora y de allí en adelante conocida como Acuario. En esta ocasión, los protagonistas son comisionados para proteger el brillante más valioso del mundo, La Estrella de la Paz, patrimonio de algún país del Medio Oriente y codiciado con ganas por Tony Stompinatto (Luis Tasca), un productor italiano de spaguetti westerns que se encuentra filmando en la Argentina. A la vez, el loco deseo de Tony es compartido por un grupo opositor que persigue el brillante -al que atribuye misteriosos poderes-, para derrocar al Gran Emir y a quienes le guardan fidelidad. Para lograr el objetivo, esta gente contrata a una banda de delincuentes locales comandada por Adriana Aguirre, que sin embargo no podrá contra la eficacia de nuestros héroes. Y es que, como exclama Mojarrita, ellos son “mejores que James Bond”, matando dos pájaros de un tiro al reconocer de paso la redituable deuda.

Hacia 1976, el poder norteamericano decide que con la derrota de Vietnam ya tuvo bastante y da comienzo a un reajuste ideológico muy compatible con sus intereses, promoviendo un giro a la derecha que es respuesta a las ilusiones nacidas en los '60 y que en muchos países cobra la forma de regímenes autoritarios caracterizados por la extrema violencia de Estado y una fenomenal opresión política y cultural. La Argentina no será la excepción, y en ese mismo año las Fuerzas Armadas asaltan el poder, iniciando un largo proceso regado de muertes, desaparición de personas, exilios, liquidación de la industria nacional y persecución ideológica.
Al año siguiente se estrenaría un nuevo film de los Superagentes: La Aventura Explosiva (Orestes A. Trucco, 1977), olvidable tercera parte de la serie, en la que los muchachos de Acuario deben proteger al inventor de una nafta sintética que despierta las iras de grandes petroleras y la codicia de la organización criminal “más grande del mundo”.
Mencionemos como curiosidad la aparición en los créditos de Adolfo Aristarain en la asistencia de dirección y Juan Carlos Desanzo como director de fotografía.
El científico de esta ocasión es el profesor Del Valle, quien ha creado un combustible superador de la nafta en calidad y valor de mercado, aunque sólo podemos verlo en acción durante la prueba realizada con un auto de carrera que no terminará del todo bien (pues la nafta sintética es “de un poder fabuloso”, pero “si se sobrepasa cierta velocidad el auto explota”, como sabiamente explica el profesor, lástima que a posteriori de la muerte del infortunado téster).
En cuanto a las características de esta eminencia -de participación muy secundaria en la trama y sólo a los fines de proporcionar un débil sustento a las piñas, tiros y explosiones subsiguientes-, mencionemos su condición de padre y abuelo ejemplar, preocupado -como tantos colegas del género- por que su invento cueste vidas y contemplando por momentos la posibilidad de abandonarlo todo. Aunque pronto recupere el ánimo y exultante exclame que su creación “puede revolucionar la historia del mundo”. Y muy poco más, en una de las más vagas caracterizaciones de científicos de toda la filmografía de los Superagentes.
En cuanto a los enemigos de turno de nuestros héroes, los tenemos en amplio surtido: en orden de importancia, citemos primero a Mercurio, maquiavélico encapuchado con sede en Hong Kong que pretende apoderarse de la fórmula del profesor y recién revelará su identidad hacia el final de la película.
Por supuesto no está solo: cuenta con una serie de cómplices anónimos a su incondicional servicio, más voluntariosos que solventes, para ser sinceros.
De cualquier modo, lo más interesante de este personaje debe ser el glamour retro de su bunker y un par de gallardos guardaespaldas que luego harían carrera en cine y televisión (Emilio Disi y Rodolfo Ranni, que a ellos nos referimos).
Pero si Mercurio planea secuestrar a Del Valle para hacerse de su creación, los hermanos petroleros Lucas y Franklin Morriconi (Aldo Barbero y Hugo Caprera), más allá de algunos cabildeos iniciales, deciden directamente liquidar al buen hombre de ciencia. Para ello comisionan a King Kong -un torpe matón oriental de apodo más que elocuente-, pero éste fracasa en su intento y debe hacer banco por el resto del metraje. Entonces es el turno de la bella: Victoria, o Vicky (Thelma Stéfani), quien tampoco logrará su cometido, aunque en pos de ello haga caer bajo su seducción de vampiresa al pobre Mojarrita, inyectándole una suerte de “suero de la verdad” y apoderándose de su reloj-visor para obtener información sobre el paradero del profesor y los movimientos de quienes lo resguardan. En medio de estos menesteres, tendrá tiempo para transar con Mercurio y comenzar a trabajar para él, demostrando que algunos no respetan ni los códigos mafiosos.
Seguramente por eso estos guardianes del bien no pudieron esperar hasta el año siguiente y regresaron casi sin haberse ido nunca en Los Superagentes Biónicos (Adrián Quiroga, 1977), en la que los Superagentes resultan gravemente heridos tras una violenta explosión y el Jefe de Acuario Alfredo Duarte, para no ser menos que Oscar Goldman, aprovecha para injertar en sus hombres distintas fuentes de energía biónica. Así, el Dr. Ibáñez colocará minireactores (“pequeñas pilas atómicas”) en las piernas de Tiburón, en los brazos de Delfín y en el nervio óptico y dedo índice de la mano derecha de Mojarrita. Pero no son los únicos en sufrir modificaciones superadoras: el Sr. Crespi convierte al Chevron en el que suelen desplazarse los tres protagonistas en un auténtico “supercoche”, capaz de alcanzar los 280 Kms/h y pertrechado con ametralladoras, gomas antibalas y hasta un cañón. Hechos a nuevo y con semejante equipamiento, los Superagentes se afanan en capturar a una banda internacional que se ha apoderado de dos planchas para imprimir billetes de cincuenta dólares en las mismas narices del Tesoro de los Estados Unidos. El capo es Alexis (Maurice Jouvet), de origen griego y director de una empresa de turismo que usa como tapadera de sus auténticos quehaceres non sanctos. Lo secundan Tánatos, un pintor fracasado que se ocupa de imprimir los billetes, y la bella e inescrupulosa Valeria, cuya prestación de servicios se reduce más bien a oficiar de atractiva aunque peligrosa compañía para estos dos amantes del malvivir.
Intentando nivelar fuerzas, Acuario Internacional envía a la agente Sirena (Gachi Ferrari), quien completará el cuarteto justiciero que al final, claro, logrará capturar a los criminales y recuperar las planchas robadas.
La obvia novedad que el film presenta en referencia a la Sci-Fi viene dada por la introducción de la temática biónica en relación a las alteraciones del cuerpo humano, y en menor medida por la breve pero decisiva intervención del Dr. Ibáñez en el rol del hombre de ciencia que llevará adelante las complejas cirugías.

TIREN TIREN PA-PELI-TO'

Es 1978 y la efervescencia mundialista desborda en los mass media y en la “opinión pública”. Paralelamente, el régimen militar monta su doble discurso entre hipócritas slogans humanitarios de autohalago y campos de concentración hirvientes de muerte, sangre, tortura y desapariciones. En medio de este clima de alienada “fiesta de todos” y horror soterrado, el inefable Julio Saraceni nos regala con Patolandia Nuclear, un cazabobos infantil que intenta capitalizar el éxito televisivo del programa Patolandia, estelarizado por Rafael Carret.
Film abiertamente procesista, Patolandia Nuclear entroniza la figura del militar y destaca hasta el hartazgo los fines pacifistas de las investigaciones atómicas realizadas en Atucha, donde transcurre buena parte del film.
En fin, que el Pato es secuestrado por un inescrupuloso sosías, cuyo objetivo es apoderarse de una pila de uranio para convertirse en “el auténtico hombre nuclear”. La trama cerrará haciéndonos saber que “todo era un sueño” del ingenuo protagonista, hipertrillado recurso que sin embargo refritará dos décadas más tarde en pretencioso y pretendido opus de Sci-Fi local.
Pero volvamos ahora a Patolandia...: el peligro de utilización de energía nuclear en manos inadecuadas es tema recurrente del género, sobre todo en los '60. Encarnación de ese peligro es Morgan, el doble del Pato, que encaja de maravilla en el estereotipo del malo que corroe a la Sci-Fi desde sus primeros registros. Personaje absolutamente plano, cuya única ambición es -cómo no- dominar el mundo, con precario “aguantadero” y una troupe de acólitos tan leales como imbéciles. Notemos que, en general, estos incansables boicoteadores del bien presentan a lo menos alguna anomalía o defecto físico que los distinga: en el caso de Morgan, y atendiendo a las pretensiones humorísticas del film, es el estrabismo, sumado a la infaltable sonrisa sardónica y un carácter netamente podrido.
La obvia referencia a la serie de TV El Hombre Nuclear, aunque en rústica versión tercermundista, aborda el tema de las alteraciones -aquí biónicas- del cuerpo humano. Recordemos a modo anecdótico que el bueno de Steve Austin realizó su iniciático desembarco en la pantalla grande con The Moon and the Desert (Richard Irving, 1973), rampa de lanzamiento para el posterior éxito televisivo de la serie.
Para finalizar, el tema del doble planteado en el film podría acercarnos vagamente al mito Jekyll-Hyde, aunque aquí parece más bien vehículo de expresión de una paranoia extrema, aunada a la promoción de la desconfianza y delación ante el extraño, la discriminación al desigual -patente en la escena en que los militares deciden deshacerse de unos posibles “vagos” que habitan unas casillas cercanas a la Central- y, para rematar, una velada exaltación de la tortura.
Como rezan las placas finales: “Esto fue Patolandia nuclear, un mensaje argentino claro y cristalino”. Imposible desmentirlo.
También en 1978, Mario Sábato -siempre alias Adrián Quiroga- hace su segundo aporte consecutivo a la causa con Los Superagentes y el Tesoro Maldito. Poco para agregar en esta oportunidad, en la que la gente de Acuario debe ir tras la pista de un misterioso tesoro y cuidarse de una banda de villanos circenses.
Se mantienen las cualidades biónicas de los tres agentes incorporadas en el film anterior y aparece como malvado Nathan Pinzón en el papel de Dimitri, violento, despótico, sádico y temido por sus propios subordinados. El film conecta también con el fantástico, de la mano de los poderes del citado Dimitri -capaz de convertir en gallina a un servidor poco eficiente con un solo pase de magia-; las propiedades aparentemente maléficas del tesoro del título (aunque nunca verificadas) y la aparición de un yeti como mascota del circo que sirve de tapadera a los malos de la historia.
Sin salirnos del año del Mundial, El Tío Disparate (Ramón Ortega), una de la dupla Ortega/Balá, siempre tan prolíficos en tiempos dictactoriales, muy especialmente el primero. Con Las Trillizas de Oro haciendo de Trillizas (¿cabe otra posibilidad?) y Balá como Carlitos Sampietro, un sereno despistado y de “buen corazón”, tío de las susodichas y en los ratos libres inventor de una “máquina de volar”.
Sólo citar la precaria figura de este poco original inventor como pariente lejano y no reconocido del hombre de ciencia.
No conformes con lo perpetrado, al año siguiente el dueto reincide con Las Locuras del Profesor (Ramón Ortega, 1979). Esta vez Carlitos Balá es Sócrates Pérez, un profesor de zoología que experimenta con unos preparados químicos de “escencia de animales”, los mismos que causarán estragos en una reunión de colegas cuando un mozo miope y algo lelo confunda dichos preparados con refrescos para los asistentes.
En este caso, la profesión del personaje es sólo una excusa para apuntalar gags de dudosa factura, en un film que se destaca por coleccionar escenas “prestadas” de otras muy conocidas realizaciones, degradándolas de un modo asombroso.
Asimismo, el maltratado 1979 vería estrenarse Los Superagentes no se Rompen, esta vez con Julio de Grazia desdoblándose entre la dirección y su rol de Mojarrita. No mucho que agregar sobre una de las entregas más anodinas de la serie. Veamos: Los Superagentes deben proteger a Alfa y Beta, las hijas del fallecido profesor Grimaldi, quienes conservan el último invento de su padre: la minibomba plutónica, que, por supuesto, es codiciada por inescrupulosos delincuentes internacionales.
Nuevamente la presencia del científico -esta vez post mortem-, portador en este caso de ideología ligeramente reaccionaria: según sus hijas -que al parecer heredaron la vocación paterna-, el profesor Grimaldi construyó la minibomba para luchar contra la maldad en el mundo (...), aunque luego debió huir de Europa y dividió el ingenio por temor a ser apresado. Ahora Alfa y Beta están decididas a destruir la creación de su padre, a menos de asegurarse que quede en buenas manos, “aunque nunca se sabe”, como bien dirá una de estas bellas ninfas de la ciencia.
¿Pero en qué consiste la mentada minibomba plutónica? Según información recabada entre gente de Acuario y sus adversarios, se trata de “una bomba total de efecto concentrado”, que “todo lo convierte en polvo”, capaz incluso de matar diez millones de seres humanos de una sola vez. Potente, parece.
En cuanto a los malos, sólo la novedad del Emperador, todopoderoso de una imaginaria republiqueta africana llamada Tangeria, para el cual trabaja un espía a sueldo conocido como el Conde Parloc. A cual más cruel e inescrupuloso, el plan del Emperador es apropiarse de la minibomba para cargarla en una serie de cohetes teledirigidos con los que piensa arrodillar a las grandes potencias ante sí. Lo de siempre, aunque por el estado de cosas actual en el continente negro, parece que no ha logrado su cometido.
Por otro lado, se reitera la previsible aparición de implementos tecnológicos varios usados por ambos bandos: gas adormecedor, nafta superconcentrada en sachet (por supuesto parte del kit de Mojarrita), microfilms, bomba-reloj, micrófonos ocultos y un par de artefactos más en ese estilo.
Sin embargo, el alma vuelve al cuerpo de los espectadores al tomar éstos noticia, sobre el cierre del relato, de que Alfa trabajará ahora en “una nueva arma: el rayo de la paz”. Amén.
Pero la saga no se detiene y otra vez hace doblete anual, el cual se completa con La Aventura de los Paraguas Asesinos (Carlos Galettini, 1979). En esta ocasión se trata de rescatar al profesor Borodin, cuyo computador capaz de provocar cambios en el clima es objeto de disputas entre mafias rivales.
Siempre buscando el sincro con su parodiada saga 007, los malos ahora ya no serán rojos, optándose para la vacante por la dupla Cosa Nostra/mafia china.
En cuanto a las incursiones por el género, debemos buscarlas básicamente en la figura del científico Borodin (Hugo Caprera), otro impoluto hombre de ciencia cuya creación es codiciada para ominosos fines que él nunca concebiría (marche otra solicitud de socio para el Einstein Club). Al caer su computador climático en poder de los maleantes, la culpa lo invadirá de lleno y terminará destruyendo su propia creación (“contrito, pero no boludo” habrá pensado Borodin recordando a su colega en Crack in the World (¿Hacia el fin del mundo?, Andrew Marton, 1965), que decide inmolarse ante los continuos desastres atómicos que provocan sus “errores de cálculo”).
Por otro lado, la joven investigadora que trabaja bajo su filial tutela, operará para el personaje de Caprera como vehiculizador de su abnegada condición de hombre casado con la ciencia (otro estereotipo del género), lejos de cualquier otra pretensión que no sea la de oficiar de “padre” comprensivo. Huguito agradecido.
Enfrentados a nuestros héroes aparecen los representantes del mal: el capo mafia Lunadei y su colega chino, interesadísimos en extorsionar a las potencias mundiales mediante la invención de Borodin y de paso, sí... dominar el mundo. Basta ya.
En el terreno de la mitología Sci-Fi se registra la segunda aparición -consecutiva- del inefable Pitágoras. Probablemente el primo down de HAL9000, Pitágoras es básicamente un contrapunto humorístico en la narración (tal como R2D2 y C3PO lo son en toda la serie Star Wars). Con aspecto lejana y virtualmente humanoide y más cercano a la simpatía que podría despertar una mascota, este computador parece inscripto en la línea de los ordenadores con vasta memoria y capaces, a partir de allí, de proporcionar datos útiles a la investigación de turno.
En segundo plano los computadores ordinarios de Acuario, que sirven de apoyatura a la construcción del verosímil ligado a una organización de espionaje y, como guest star, el computador climático de Borodin, especie de superordenador programable capaz de asombrosas transformaciones atmosféricas, característica extraordinaria que le otorga un status de privilegio entre sus pares a la vez que lo sitúa como objeto de desvelos entre malhechores y defensores del orden establecido.
Y cerrando la década, Las Muñecas que Hacen ¡Pum! (1979), tan singular como fallida comedia del luego menemista Gerardo Sofovich, en la que una organización internacional llamada AM.OR. (Amigos del Orden) traba lucha frente a otra que responde al nombre de O.D.I.O. (Organización para la Destrucción Internacional del Orden) y que se encarga de obsequiar mujeres-robot rellenas de explosivos cuyo percutor descansa en sus genitales.
Los puntos de conexión con la ciencia-ficción operan en el orden temático por la pedestre referencia a la oposición bien/mal, más que explícita en la encarnación y elocuentes nombres de las organizaciones rivales; en el nivel arquetípico bajo la presencia de los hombres de ciencia (uno por bando) y sobre todo en el aspecto mitológico, en este caso en su vertiente robótica, representada aquí por androides femeninos construidos a imagen y semejanza -por esta vez- de la mujer.