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Durante
la década del '60 comienza a registrarse un paulatino
adiós a la Guerra Fría, que el género recoge
y traduce en un viraje de temática, dejando a un lado el peligro
externo que tanto desvelaba a Occidente en los '50 y
volcándose a su contracara: la amenaza atómica y el cuestionamiento
de su uso belicista y/o negligente, contestado desde un discurso humanista
y que, por vez primera en la historia del género, osa cuestionar
el papel militar y su desempeño en éste y otros menesteres
correlativos.
Por otro lado, se observa una transformación en el status del héroe,
ya no preocupado por la salvación del mundo (o sea Occidente/Estados
Unidos/sistema capitalista), sino ligado a cuestiones mucho más inmediatas
y por ende, humanizado.
Paralelamente, Europa comienza a proveer a la Sci-Fi con una importante
aportación, registrando un salto cuantitativo y de ambiciosas intenciones
que amplían notoriamente las fronteras del género. Films como Village
of the Damned (El Pueblo de los Malditos, Wolf Rilla, 1960), Terrore
nello Spazio (El Planeta Infernal, Mario Bava, 1965)
y Dr. Strangelove, Or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (Dr.
Insólito, Stanley Kubrick, 1964) marcan este período.
Por estas latitudes, continúa acentuándose el proceso económico
de liberalización, al tiempo que las fuerzas militares detentan el poder
político -sean o no, alternativamente, gobierno- y el peronismo permanece
proscripto. En este marco comienzan las primeras experiencias armadas de grupos
de izquierda, muchas de ellas contenidas en ese inmenso y contradictorio transatlántico
ideológico guiado(?) por el General Perón, ahora desde Puerta
de Hierro, en Madrid.
Inaugurando
nuestra lista de la década, Enrique Carreras se anota primero
con Obras
Maestras del Terror (1960), a estas alturas un clásico
del género al que adscribe ya desde el título y que confirma
en su puesta en escena y contenido: un film en episodios que adapta tres
cuentos de Edgar Allan Poe y, justo es decirlo, unos años
antes de que Roger Corman acometiera su larga serie de películas
sobre relatos del escritor.
Ya míticas son también las versiones sobre la injerencia mucho
más allá de la colaboración que Narciso Ibáñez
Menta y su hijo, Narciso Ibáñez Serrador, tuvieran en
la dirección del film. Amén de ser ambos protagonistas de la película,
para muchos los Ibáñez serían los auténticos
responsables de la realización, remitiéndose como prueba más
contundente a la confrontación entre la posterior obra de Carreras y
las trayectorias de papá e hijo Narcisos.
Ciertamente,
la mención a Obras Maestras... viene de la mano de una
de las historias narradas: El Caso del Señor Valdemar,
que roza levemente el género con la aparición del Dr.
Frederic Ekstrom (Narciso Ibáñez Menta), un
médico que, bordeando lo esotérico, intenta probar las
virtudes del mesmerismo ante la desaprobación y escepticismo de
sus colegas. La actitud soberbia y demencial de Ekstrom, manteniendo
forzadamente la vida de un hombre en una suerte de coma hipnótico,
lo emparentan lejanamente con el arquetipo Sci-Fi del científico
loco que, al apartarse del establishment académico de su época,
sólo logrará que su empresa fracase irremediablemente.
Como se sabe, sobran ejemplares de esta catadura. Citemos, por como se
amalgaman en él positivismo científico y cierto misticismo
-en sintonía con el personaje de Ibáñez Menta-
al doctor Quatermass, llegado desde Inglaterra y
cuya saga se iniciara con Quatermass Xperiment (Pánico
Mortal), dirigida por Val Guest en 1955. En el mismo
sentido, la obvia aunque ineludible referencia al Dr. Victor Frankenstein.
Un lustro después se registraría la primera de una serie de entradas
al Fantástico por parte de Emilio Vieyra, atípicas
para la época, denostadas en su momento por la crítica y hoy rescatadas
por algunos cinéfilos como objetos de culto, tanto en nuestro país
como en los Estados Unidos. Nos referimos puntualmente a Stay Tuned
for Terror (1965) que recién se estrenaría en nuestro
país en 1974, con escasa repercusión y bajo el título
de Extraña Invasión. 
El
film fue financiado por un productor norteamericano y pensado para el
público de habla inglesa de aquel país, rodándose
en la Argentina con la intención de bajar costos. Por eso
es que se reconstruyó parte del barrio El Palomar simulando-logradamente-
un pequeño pueblo del sur de los Estados Unidos. Para los
protagónicos se convocaron a dos actores B del gigante
del norte: Richard Conte y Ana Strasberg, sumándose
el crédito local Mónica Mihanovich, luego perenne
conductora de los noticieros de Canal 13.
Si el germen del film fue bastante inusual (posible en principio gracias a los
contactos
que Vieyra había logrado durante una anterior estadía en
los Estados Unidos), su historia no se queda atrás: una extraña
y masiva interferencia en la señal televisiva del pueblo provoca serias
alteraciones en las conductas de los ciudadanos, especialmente niños y
ancianos, que comienzan a deambular por las calles como zombies nocturnos y obligan
a la intervención del ejército, sobre todo cuando se decide la
desconexión de los aparatos sucediéndose un violento síndrome
de abstinencia colectivo.
Una lograda puesta en escena y la solvencia de Aníbal González
Paz en la fotografía se revelan como los puntos más altos de
un film que naufraga en la morosidad de su relato tras partir de una idea interesante.
Por
otro lado, mucho se ha hablado sobre la anticipada metáfora de Vieyra respecto
de la influencia nociva de la TV, un tema que recién volvería
a abordarse dos décadas después, cuando David Cronenberg diera
a luz la magnífica Videodrome (Cuerpos Invadidos)
en 1982. Sin embargo, Extraña Invasión amerita
otras reflexiones fuera de esa obvia dirección. De hecho, es probable
que la alegoría más potente del film no sea la relacionada
con el poder de la televisión, sino -y a partir de esa línea
argumental- la del derrumbe de la ilusión de seguridad que nos
proporciona la cotidianeidad, el posterior extrañamiento de esa
cotidianeidad y la acción represiva del poder como toda respuesta
frente a la crisis desatada.
Sin ponernos a conjeturar sobre qué tan voluntaria haya podido ser la
puesta en pantalla de un proceso tal, hay en ese sentido un breve y revelador
diálogo entre George y su amigo Harry, ambos técnicos
en televisión del pequeño poblado. La escena se desarrolla en plena
noche, entre un incesante desfile de niños-zombies que merodean sin rumbo
por las calles del hasta entonces apacible Clearview. George busca
desesperadamente a su extraviada esposa, topándose en el camino con un Harry otro,
cuya mirada lejana y ausente nos revela que ha sido afectado por la interferencia
electrónica.
Harry: Dime, George, has visto a mi Hellen?
George: No sé, hay tanta gente en la calle
La respuesta resulta la más aterradora posible para el interrogador, ofreciéndonos
al paso dos miradas opuestas acerca de nuestra estancia en el mundo. Claro que
una de ellas viene invalidada de raíz por cuanto quienes la sostienen
se hallan temporalmente fuera de sí, poseídos por la suma de una
combinación de factores (químicos, aleatorios, electrónicos)
que les ha robado el alma.
Así, las autoridades que intentan controlar el fenómeno lo consideran
una epidemia, y a los enfermos como drogadictos presos de una suerte de regresión
hipnótica a alguna instancia placentera de su pasado. Del otro lado, desconocimiento
de los lazos familiares y cuestionamiento a la autoridad paterna son sólo
el primer paso hacia la colectivización de la rebeldía traducida
en violencia callejera, resistencia a la autoridad y desobediencia civil frente
al orden represivo que intenta el Estado colocando al ejército en las
calles, tal como pretendería cierto desertor de ballotages varias décadas
más tarde en una no menos convulsionada República Argentina.
Los
representantes del poder -en especial los militares- tildan de agitadores
a los que toman las calles, en su inmensa mayoría niños
y ancianos, que en cierta ocasión se salvan de milagro de una
ejecución en masa a cargo de una nutrida tropa con ánimos
de pacificar la situación.
En este sentido, ciertas secuencias de revueltas y alta tensión entre
civiles y uniformados resuenan en el inconsciente colectivo como imágenes
reconocibles de nuestra historia más sensiblemente reciente.
Extraño al menos, tratándose de una coproducción -primera
y hasta el momento única del corpus que abordaremos- con los Estados
Unidos, destinada a comercializarse en aquel país y guionada por dos
americanos: Les Rendeltein y Philip Kearney.
Pero vayamos a la profusa red de conexiones entre el film y la ciencia-ficción.
Para empezar, el disparador del conflicto: la interferencia electrónica,
provocada por la conjunción de una conducta negligente (los barriles con
silicón abandonados cerca del pantano), la imprevisibilidad de la naturaleza
(la vegetación que activa y propaga el componente electrónico que
desatará el caos) y el azar que combina ambos factores, haciéndolos
confluir en las pantallas de todos los televisores del pueblo.
He aquí una coartada confusamente científica (los residuos de un
mineral virtualmente peligroso y su capacidad para activar el componente electrónico
que obstruirá la señal) que nos posiciona de entrada en territorios
reconociblemente Sci-Fi.
Sin embargo, la película comienza a intimar seriamente con el género
a partir de los efectos que la interferencia genera en los habitantes de Clearview.
Aquí la reminiscencia zombie es más que evidente, sobre todo en
la vertiente George Romero, esto es, provocada esta condición por
los efectos de algún adelanto tecnológico fuera de cauce (el silicón
en el caso de Extraña Invasión, la contaminación
radiactiva en el caso de la trilogía de Los Muertos Vivos).
Y así como los peligros de los nuevos ingenios de la civilización
(bélicos sobre todo, pero también estrictamente científicos
o industriales) son moneda corriente en la Sci-Fi de los '60, la
ubicación de la acción en una pacífica comunidad semirural,
el mensaje anticomunista que destila la trama (los zombies deshumanizados y
la sospecha de que se trata de una operación del enemigo),
y el preponderante rol de la autoridad militar en los sucesos, nos retrotraen
a los reaccionarios años '50, que, Guerra Fría mediante,
propiciaron el reflote de una hasta entonces alicaída ciencia-ficción.
Con todo, el eje temático más caro a la Sci-Fi y presente
en el film es el de la supervivencia, amenazada en la historia por la mentada
interferencia electrónica y el peligro de la propagación de la
epidemia a nivel nacional y aun planetario. La respuesta a tal amenaza viene
dada en la versión del selecto grupo de burócratas y científicos
al servicio del Estado que consumarán la salvación del
resto de sus pares. De entre aquéllos destacan Steven Jamson, un
héroe a caballo entre el ciudadano común y el técnico estatal
calificado, dado que el personaje de Conte es un habitante más
de Clearview, pero a la vez encargado de la Central de Comunicaciones del
pueblo. A su lado, el aporte científico venido de Washington para
sumarse a la causa: la Dra. Conway, quien luego de unos tímidos
experimentos en base a sulfato de sodio y algunas conjeturas de dudoso rigor
psicológico, se convierte más bien en una suerte de enfermera de
campaña mientras aguarda ansiosa el final del desastre para dejarse conquistar
por el bueno de Steve, prototipo del galán recio y maduro que sin
embargo se da tiempo para los menesteres del amor.
Al
año siguiente, y ya controlada la epidemia, es el mismo Vieyra quien
perpetra La Venganza del Sexo (The Curious Dr. Humpp, 1966),
una de las películas más raras y sin duda la más
psicotrónica de toda la filmografía argentina. Aldo
Barbero es el Dr. Zoide, un pérfido y loco científico
cuyo objetivo es dominar el mundo venciendo al sexo, cosa que intenta
lograr secuestrando parejitas a las que somete a extraños procedimientos
en los que los sujetos experimentan el goce sexual sin necesidad de
contacto físico. A la vez, la sangre de los copulantes es el
fluido vital que Zoide bebe con desesperación para conservar
su lozanía luego de más de doscientos años de
poner un pie delante del otro.
Sede de sus macabras actividades es una retirada casona custodiada por una
serie de criaturas que el propio Dr. ha creado, un ejército de
autómatas de rostro deforme y aspecto resignado que, privados de inteligencia
y voluntad, sólo viven para servir a los designios de su creador. En
cambio, su única compañía de auténtico rango es
un cerebro viviente y parlante -antigua víctima y hoy admirador del Dr.-,
capacidades ambas que debe a una auténtica genialidad de Zoide,
ayudado, como él mismo se encarga de explicar, por una combinación
de elementos quirúrgicos, mecánicos, químicos y eléctricos.
El representante de la normalidad es Horacio Funes (Ricardo Bauleo),
un intrépido e inquieto periodista que logrará llegar hasta Zoide y
servirle en bandeja su arresto a un escéptico y no muy iluminado Inspector
de Policía.
Cómo puede apreciarse, el ligamen genérico del film es notorio.
Citemos en primer término al Dr. Zoide, prototipo del hombre
de ciencia insano, mesiánico y con desmesuradas ansias de poder, cuya
selecta galería de criaturas lobotomizadas y/o automatizadas, traen
a colación -en forma de piadosa referencia- a auténticos próceres
diplomados, tales los casos de los Dres. Frankenstein, Moreau (Island
of Lost Souls (La Isla del Dr. Moreau, Erle C. Kenton, 1933)
y Mabuse (Die Tausend Augen des Dr. Mabuse (Los Crímenes del
Dr. Mabuse, Fritz Lang, 1960)), cada uno con sus particularidades,
todos igualmente afectos a jugar a Dios, manipulando para ello
y sin pruritos cerebros y cuerpos de hombres y también de animales en
el caso del celebrado personaje parido por el director de House of Frankenstein.
Pero si Anton Phibes puede jactarse de su bellísima y gélida
asistente Vulnavia, al Dr. Zoide -y tendamos nuevamente un licencioso
puente- no le falta tampoco su ayudante (Gloria Prat), en este caso
también amante, luego despechada y finalmente redimida con la correspondiente
muerte y tras el debido arrepentimiento de rigor en estos casos. Y es que en
la Sci-Fi, el crimen siempre paga.
Valiente y arrojado, Horacio Funes encarna al héroe de marras,
llevando a cabo su solitaria y desacreditada investigación bajo una
atmósfera que rezuma psicodelia sixtie, con humeantes boites, beats
al tono e insinuantes bailarinas de streaptise que harían pensar en Vieyra como
una suerte de Russ Meyer a la criolla.
Pero quizás lo más notable del film esté en esas panorámicas
de humanos-autómatas que deambulan por el extenso parque de la mansión
de Zoide, acompañados por la dulce y triste melodía de
una flauta, como resaltando esa atmósfera de extrañada resignación
que acompaña a estos seres olvidados de sí, tal vez poéticos/cercanos
parientes de los confinados en hospicios y los recluidos en prisión.
Rara y posiblemente involuntaria poesía de la opresión, el abandono
y el encierro de los cuerpos, en una película que Vieyra realizó por
encargo y sin más ambiciones que la de ganar algún dinero y divertirse
confeccionando el argumento...
En fin, lo cierto es que en 1967 Martín Rodríguez Mentasti nos
advierte que El
Hombre Invisible Ataca (The Invisible Man Attacks), un
pequeño film infantil con Martín Karadagián y Nathan
Pinzón en los roles protagónicos y el primero de un puñado
de engendros criollos que se dedicarían a parodiar sin suerte -y sin
pretenderla- a este mito fundacional de la Sci-Fi. Afortunadamente,
en aquel mismo año Ricardo Alventosa pretende explicarnos Cómo
Seducir a una Mujer (1967) desde un humor explícitamente
deudor de los grandes cómicos del cine mudo (el film está dedicado
a Buster Keaton) y una historia levemente ligada a la ciencia-ficción:
un profesor que se propone ayudar a un joven a resolver sus conflictos con
las mujeres a través de una serie de procedimientos científicos
que convertirán al muchacho en un seductor irresistible.
Luego,
una mención casi anecdótica para Patapúfete (Julio
Saraceni, 1967), fallida entrada a la pantalla grande de Pepe
Biondi. Destinado a la platea infantil, su único
atractivo reside en poder ver al gran cómico en colores luego
de años de disfrutarlo en blanco y negro. El resto se padece:
lenta, de alarmante rusticidad argumental, con deplorables performances
actorales, y lo que constituye la auténtica razón del
naufragio: una penosa defección en el intento de transposición
de texto (TV a cine) que sólo aporta con un considerable lunar
en la exitosa carrera del popular actor.
El levísimo contacto del film con el género viene dado por la
breve aparición de un tío abuelo de Pepe, Giovanni
Chiessa, científico atómico (sic) italiano, quien antes de
morir atropellado por el impiadoso tránsito porteño lega a su
sobrino nieto -un peluquero de barrio- la fórmula para la creación
de una bomba que podría destruir el mundo. Luego,
interminables gags de espionaje y contraespionaje, varios rusos, yanquis y
hasta un chino (a falta de un malo, tres) que se disputarán la agenda
que contiene las preciadas ecuaciones, mientras las placas finales nos advierten jocosamente que
todo este asunto terminará con una explosión de aquéllas.
Ya se sabe, juego de manos, juego de villanos... y patapúfete.
Como se ve, otra vez el hombre de ciencia, en este caso con características
más bien heterodoxas, por no decir desconcertantes, más consecuencia
de un guión(?) hecho a las trompadas que de algún intento de
construcción de personaje.
Dediquémosle igualmente un breve análisis:
Si por un lado el profesor Chiessa se nos presenta como cercano al modelo
del buen científico, hombre de recta moral y mejores intenciones, por
el otro quién entiende por qué tanto empeño en hacer las
cuentas para dar con semejante arma de exterminio.
Ya en plan de adivinar qué habrá querido hacer el guionista -qué otra
opción nos deja ante semejante dislate- podríamos inferir que
este sabio atómico(otro sic digo) haya querido encajar en
esa categoría del científico abnegado e incorruptible cuya creación
se le sale de control.
Caso paradigmático fuera de la pantalla: Einstein.
Por último, señalar las fugaces apariciones de un computador
electrónico en el bunker de los americanos, con una estética
kitsch emparentada con el Batman televisivo de la época. Y nada
más.
En tanto,
y hacia finales de los sesenta, varios procesos confluyentes marcan
un punto
de inflexión en el mapa político-cultural mundial: el
levantamiento de las minorías étnicas en los Estados
Unidos, la irrupciones de grupos radicalizados del Tercer Mundo,
el Mayo Francés, la guerra de Vietnam y la revolución
china entre los más destacados, que ponen en marcha un proceso
de corrimiento hacia la izquierda en varios y estratégicos rincones
del mundo.
Ante esta realidad, la ciencia-ficción ratifica su condición
de género permeable si los hay, y responde con una serie de entregas
que pretenden recoger estas transformaciones ideológicas, casi como
un concesión obligada que sin embargo tendrá en breve su esperable
brote reaccionario.
Por esos años, y más precisamente en 1968, surgen tres
hitos de la Sci-Fi, hoy clásicos de culto: The Planet of the
Apes (El Planeta de los Simios, Franklin J. Schaffner), 2001: A
Space Odyssey (2001, Odisea del Espacio, Stanley Kubrick)
y Night of the Living Dead (La Noche de los Muertos Vivientes, George
A. Romero).
Paralelamente, en Sudamérica se intensifican las luchas sociales
y los movimientos guerrilleros, muchos de inspiración guevarista y estimulados
por la revolución cubana. La Argentina es epicentro de este proceso:
los curas tercemundistas, organizaciones como Montoneros, F.A.P. -ambas
respondiendo al peronismo- y E.R.P., reivindicaciones obreras y grandes
estallidos sociales como el Cordobazo marcan el pulso del
país.
El arte también registra grandes transformaciones a la luz del pop-art,
la eclosión de la influencia beatle y el surgimiento de fenómenos
como el luego denominado rock nacional y el hiperexperimental Instituto
Di Tella, auténtico bunker de la avant-garde porteña.
En medio de tal ebullición, y siempre en 1968, Aníbal
Uset nos obsequia Che,
OVNI, comedia camp-pop en la que el cantante
de tangos Jorge Sobral es abducido por un plato volador y transportado
a distintas ciudades de Europa. La obvia relación con el género
viene dada por los aliens de apariencia absolutamente humana, cuyos más
conspicuos representantes son Marcela López Rey y Javier Portales.
LA
CIUDAD ES MÁS QUE SUS HABITANTES
En 1969 llega
Invasión, ópera prima y film de culto de Hugo Santiago,
sobre un guión de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy
Casares. La acción transcurre en la imaginaria Aquilea,
en el año 1957. Allí, unos misteriosos invasores
intentan tomar el control de la ciudad ante la indiferencia de la población.
Sólo un pequeño grupo liderado por un anciano resiste
el ataque hasta el punto de ofrendar sus vidas.
Citada profusamente como policial fantástico, los elementos que responden
a sustantivo y adjetivo genéricos son contundentes. Clima sórdido,
amplia mayoría de escenas nocturnas, tiros, persecuciones automovilístas,
contraste de luces y sombras, calles oscuras recortadas por los faros de un
coche sobre el asfalto mojado, todos los tópicos del policial se dan
cita en esta realización. Por otro lado, la presencia de los extraños
invasores y su incierta procedencia (¿terrícola?), así como
la ya mencionada Aquilea abren el juego hacia el costado fantástico
del film.
¿Qué hay de la Sci-Fi? Bien, que parece meter la cola aquí aunque
con gran ambigüedad. Durante el film, nada ni nadie confirma explícitamente
que los invasores sean aliens, pero su bunker con pantallas emitiendo señales
lluviosas y la frialdad que destilan en sus maneras y proceder levantan fuertes
sospechas al respecto. Incluso
recuerdan al instante a sus ¿colegas? de Invasion of the Body Snatchers,
gélidos, implacables y carentes de humanas emociones.
Pero no es lo único que remite al clásico de Don Siegel:
hay al menos dos indicadores más que nos conducen hacia este opus Sci-Fi de
los '50.
Por un lado, la imperturbable consumación de la invasión por
todos los flancos, pero particularmente con esa fila de autos y camiones seriados
avanzando lenta pero inexorablemente, desenlace auténticamente aterrador,
con la realidad mostrándonos su costado más siniestro al más
leve corrimiento de su pretendida familiaridad.
En segundo término, las escenas de gentes circulando por las calles
como autómatas, aunque aparentemente normales, también
parecen citar a Invasion.... Cierto es que en el film americano estos
ciudadanos son en realidad extraterrestres que los han reemplazado replicando
sus cuerpos, mientras que en Invasión se trata de los ajenos habitantes
de Aquilea, los mismos que con su falta de compromiso desencantan a Herrera (Lautaro
Murúa) y casi lo hacen desistir de la lucha, a la que sin embargo
se abrazará finalmente pagando con su vida.
En relación a esto, mucho se ha dicho sobre la profética visión
de Santiago respecto de las luchas armadas y el papel de la sociedad
durante los '70. Sin embargo, el director parece más bien hacer
anticipación al respecto, pues la militancia guerrillera era ya una
embrionaria realidad desde comienzos del '60, con la formación
de grupos que serían germen y nutriente de las organizaciones más
conocidas de la década siguiente. La metodología operativa de
estos cuadros es retratada con alta precisión en el film: traspasos
subrepticios de papeles, personas operando furtivamente entre el pulso diario
de la ciudad, organización jerárquica bajo estricta disciplina,
información mínima
indispensable para cada uno de los miembros y máximo grado de discreción
en cuanto a su militancia, lo que llevaba a los involucrados a construir sólidas
fachadas ante su entorno social y familiar. Así, Herrera nunca sabrá que
su esposa Irene -Olga Zubarry- integra también la resistencia.
Además, agreguémosle una gran chance de probabilidad al carácter
no gratuito del año en que transcurren los hechos narrados: 1957.
Cuando la vieja resistencia accionada por Herrera es liquidada, su anciano
líder, Don Porfirio, entrega la posta a los más jóvenes,
encomendándoles la defensa de la causa con una frase más que
elocuente: Ahora les toca a ustedes, los del Sur. Brecha
generacional que viene marcada desde el comienzo mismo del film, y que tal
vez podría verse como metáfora del aniquilamiento de la vieja
guardia peronista luego del '55 y el posterior surgimiento de una generación
de jóvenes que retomarán las banderas de la lucha antiimperialista
por la vía armada.
Como corolario, una mención al carácter imaginario de Aquilea tan
sólo en el orden nominal. Luego, es deliberadamente un referente porteño,
con sus calles, sus íconos (La Bombonera), su música
(una milonga escrita por Borges y musicalizada por Aníbal
Troilo es tema central del film) y, sobre todo, sus inconfundibles habitantes.
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