DESAFIANDO AL MITO

Ya en los '50, los Estados Unidos se debaten al calor (....) de la Guerra Fría, la caza de brujas del senador Mc Carthy y la persecución/paranoia anticomunista, al parecer argucia ideal para encarar cualquier eficiente tarea represiva que se precie.
En este contexto, la Sci-Fi emerge del coma en que agonizaba para convertirse en el órgano de propaganda Nº1 del gobierno yanqui. Bajo el velo de multiformes alienígenas, el peligro rojo (Marte/comunistas) obligará a los ciudadanos a mirar al cielo, pues ahora el enemigo es externo y llegará por aire.
Se suceden con fiebre las producciones de este tenor, que tratan invariablemente la confrontación con extraterrestres -y aquí nace otro mito del género- casi siempre malvados, pérfidos obcecados que no le dejarán otra a los héroes de turno que aniquilarlos sin más ni más (guiones a la medida de obtusos vaqueros texanos).
En fin, producciones que, salvo honrosas excepciones, recogían el mensaje oficial y exaltaban la intolerancia, la delación extrema y la desconfianza ante propios y agresión para extraños. Una paradigmática que juega para este antipático equipo es el engendro Red Planet Mars (El Milagro de Marte, Harry Horner, 1952), cuyos pseudomísticos marcianos pondrán de rodillas a la Unión Soviética llevándose puestos inclusive al mismísimo Stalin. En sus antípodas ideológicas y cinematográficas, la solitaria Invasion of the Body Snatchers (Muertos Vivientes, Don Siegel, 1956), en la que unos desemocionalizados aliens en forma de vegetales se apoderan de los seres humanos replicando sus cuerpos a la perfección. Lúcida oda a la libertad individual y corrosiva alusión a la despersonalización promovida, esta obra, apoyada en un guión de impecable factura, se erige como una de las piezas maestras del género.
Y finalmente, entre tanto ET malintencionado, cómo no mencionar a ese irredento pacifista de Klaatu (The Day the Earth Stood Still (El Día que Paralizaron la Tierra, Robert Wise, 1951)), quien con su tono paternalista no se cansará de advertirnos sobre el peligro de jugar con chiches nucleares (y pensar que más de medio siglo después, cinco millones de terroristas en Bagdad desoyeron el mensaje, seguro no vieron la película).
En la Argentina de aquellos tiempos, Perón llevaba adelante su primera presidencia, propiciando un salto cualitativo inédito en las condiciones de vida de los estratos más bajos de la sociedad, combinándolo a su vez con una política de clara filiación fascista. La producción de esta década es inaugurada por Mario Soffici con El Extraño Caso del Hombre y la Bestia (1952), única revisitación de un director argentino a un mito clásico del género (en este caso el de Dr. Jekyll and Mr. Hyde, la novela de Robert Louis Stevenson llevada al cine, entre otros, por Rouben Mamoulian en 1932).
Todo un hito en el incierto andar del Fantástico por el cine argentino, la versión de Soffici encierra además algunas otras características distintivas: en primer lugar la concreción de una versión sin deudas reconocibles hacia las anteriores recreaciones del tema realizadas en Europa y Estados Unidos, concentrándose el film en la batalla entre el hombre civilizado y la criatura primitiva y vestigial que yace dentro de sí, más que en la truculencia de la consabida transformación del personaje de uno en otra. De hecho, nos encontramos con un Hyde completamente calvo e imberbe, que no obstante insumió arduas horas (y capas) de maquillaje para el actor-director, sólo comparables en el plano local a los esfuerzos de Narciso Ibáñez Menta para dar vida al Dr. Herman en Una Luz en la Ventana (Manuel Romero, 1942).
El propio realizador declaraba respecto de la singularidad de su perspectiva: “Me pareció que el hombre, es decir, aquél cuya alma primitiva ha sido ocultada por la civilización, era quien debía aparecer con el rostro semioculto por los detalles exteriores de la misma civilización: peinado, barba, anteojos, etc. En cambio la bestia, aquél cuya alma primitiva está al desnudo, debía aparecer igualmente al desnudo, con la cabeza y la barba rasuradas, con las garras y los dientes afilados de los trogloditas".
Es insoslayable, en este sentido, la inteligente utilización del lenguaje fílmico para revelar el momento de la transmutación, tal como lo revela la célebre secuencia en el subte, en la que la luz intermitente filtrándose por cada ventanilla del tren que pasa muestra un estadío más avanzado en la metamorfosis del protagonista.
Otro punto destacado del film es la doble interpretación de Soffici, en los roles del respetable y reconocido científico y su abyecto e insaciable alter ego.
Por otro lado, es curioso el eclecticismo observable en la elección de las locaciones utilizadas, tal vez un intento del director por no cargar demasiado las tintas sobre las connotaciones locales de su adaptación, aunque sus declaraciones de la época se esforzaran por indicar lo contrario.
En suma, un film que ha entrado en la historia del cine argentino y que sienta el primer gran precedente para el desembarco del género en nuestra filmografía.
Pero a tomarlo con calma, porque en 1954 y desde las antípodas llegaría El Fantasma de la Opereta (Enrique Carreras), bodrio musical de pretensiones paródicas con un cóctel de monstruos que incluye a la criatura de Frankenstein -he ahí el motivo de esta mínima mención- y un relato estructurado en forma de largo flashback onírico con final feliz incluido. Casi al tiempo no le iría en saga Desalmados en Pena (Leo Fleider, 1954), tímida primera incursión por el género de Los Cinco Grandes del Buen Humor, algo así como un chato remedo local de los Hermanos Marx. En esta ocasión, los protagonistas se toparán con una estancia en la que se fabrica una droga con “propiedades resurrectivas”: una brumosa evocación al mito de Frankenstein que dará el pie justo a los “reideros” enredos con que tan bien sabían torturar los protagonistas a su venerable público.
Y hablando de torturar -y como todo tiene que ver con todo-, el año siguiente sería el de la Revolución "fusiladora", que derrocaba al “tirano” y exterminaba a quienes pretendían resistir; eso sí, siempre en nombre de la bienamada Libertad (pero, ¿de quién?).

 

THEM! EL MINISTERIO DE OBRAS PÚBLICAS EN PELIGRO

Casi simultáneamente y bajo esos cielos de facto, verificamos la aparición de la segunda huella medianamente consistente del género en nuestras pampas. El responsable, Julio Saraceni, quien da a luz El Satélite Chiflado (1955), seguramente intentando subirse al éxito de los films cómicos de Abbott & Costello en derredor del Fantástico (paradigmátca en este sentido Abbot and Costello go to Mars (Abbott y Costello en Venus, Charles Lamont, 1953). Anunciado su tinte paródico ya desde el título, el film retrata las andanzas de Los Grandes del Buen Humor (ya sin Juan Carlos Cambón), utilizando como excusa una misión espacial que, tras varios equívocos, llevará a los protagonistas a errar por el espacio hasta anclar en Saturno y regresar a La Tierra con dos chicas-aliens de muy buen ver.
En el plano visual, y aunque en clave pretendidamente socarrona, es evidente la semejanza con la iconografía típica de la Sci-Fi americana de aquellos años. Sobre todo si pensamos en ese chroma de la nave sobrevolando Buenos Aires hasta casi estrellarse contra el Obelisco (gran factura en los FX), con las consecuentes escenas de ciudadanos en pánico tan corrientes en las alarmistas producciones de la época; todo por la impericia del piloto Rafael Carret, que aún no pergeñaba Patolandia y qué suerte para los niños de aquella generación.
Señalemos además el abordaje del que quizás sea el mito por antonomasia del género: el encuentro con extraterrestres, en este caso saturninos inteligentes, aporteñados y algo esquizofré
nicos, sin dejar de mencionar de pasada a los habitantes de Mercurio: un puñado de termómetros tamaño familiar con extremidades antropomórficas y vocación raver.
Otro elemento de componente mítica viene dado por la aparición de grandes computadores, en este caso en su versión más primitiva de meros suministradores de datos y banco de memorias, en fin, aparatosos cacharros programables.
Asimismo, no deberíamos pasar por alto la presencia de las fuerzas militares, que ejercen absoluta potestad sobre la misión espacial y todos sus pormenores. A diferencia de la mayoría de producciones yanquis del período, estos hombres de armas tomar salen bastante mal parados en la historia, pero atención, no son argentinos, sino centroamericanos. Uf, menos mal.
Hay, por último, dos ejes temáticos propios de la Sci-Fi que atraviesan el film: el viaje, a través de la citada exploración de otros planetas, y la mutación, observada en el desmedido crecimiento de las orejas de los improvisados astronautas al pisar suelo saturnino (“debe ser el aire de Saturno”, del astronauta Carret a su compañero de correrías Jorge Luz). Basta para mí.

¡EA!, LA DROGA

Cae el telón de los '50 con Cinco Gallinas y el Cielo (Rubén W. Cavallotti, 1957), extraño film que presenta a Narciso Ibáñez Menta y Luis Arata en los roles protagónicos.
Un viejo sabio al servicio del Estado realiza experimentos con gallinas, a las que inocula una droga llamada audacina. Este químico, que tiene la propiedad de volver audaces a quienes lo toman, será el disparador de una serie de enredos que se desatan cuando un ingenuo ladronzuelo roba las aves al científico y las vende a distintas personas. Aquí el film comienza a trabajar -como puede- varios hilos narrativos paralelos, el más importante de ellos el que aborda las penurias de Aníbal Labina (nótese el capicúa), un gris empleado bancario que debe reunir con urgencia una gran cantidad de dinero para poder operar a su hijita, con la mejilla izquierda horriblemente quemada a causa de un accidente que él mismo ha provocado. Luego de esfumarse la posibilidad de un préstamo, Labina come a sabiendas un p
uchero preparado con una de las gallinas en cuestión y toma coraje para robar la suma necesaria de su lugar de trabajo. Así, logrará que un cirujano plástico devuelva la lozanía al rostro de su pequeña, mientras la policía busca afanosamente -y finalmente encuentra- a la única gallina robada que aún no había sido deglutida.
Sólo la presencia del profesor y sus experimentos con base pretendidamente científica inscriben una tímida relación entre este inusual film y el género objeto de nuestros desvelos.