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VI
LUZ (EN LA VENTANA) Y SUBÍ
Corría
el año 1942 y en el extremo norte de América la
compañía Universal con tinuaba
acometiendo uno tras otro film con su galería de monstruos a
cuestas. Pero en realidad, la llamada Edad de Oro del Fantástico había
entrado en franca decadencia. Frankenstein,
el Hombre Invisible, Drácula, la Momia y
un par de parientes más despertaban penosamente de sus laureles
para perpetrar en la pantalla patéticos rejuntes, cuyos títulos
prometían enfrentamientos entre estos colosos venidos a menos,
llegando incluso a oficiar de estólidos partenaires en las comedias
de Abbott & Costello.
Sin embargo, y como siempre (?), hubo tiempos mejores. Hacia fines de la
década del '20, entre el crack financiero y en medio de una sociedad
inestable y convulsionada, nacerían las joyas seminales de la Sci-Fi:
así Frankenstein (James Whale, 1931) -y su inmejorable
secuela de 1935, The Bride of Frankenstein (La Novia de Frankenstein),
también bajo la dirección de Whale-; Dr. Jekyll and
Mr. Hyde (El Hombre y el Monstruo, Rouben Mamoulian, 1932)
y The Invisible Man (El Hombre Invisible, 1933), nuevamente
el crucial Whale. También el terror aportaría a su causa
con las primeras apariciones de Drácula y King-Kong.
Superada la crisis y posteriormente asegurada la hegemonía yanqui con
la victoria en la Segunda Guerra Mundial, el género entra en
el farragoso terreno ya señalado; la sociedad americana oteaba el horizonte
y sólo vislumbraba esperanza y bienestar, sin lugar para temores ni
acechanza de peligro alguno. Consecuencia obvia: la decadencia apuntada, refugiándose
el género en producciones de ínfimo presupuesto y decididamente
exploitation.
Era el año 1942, entonces, y en el extremo sur del mismo continente,
el director Manuel Romero estrenaba en Buenos Aires un film titulado Una
Luz en la Ventana. La Segunda Guerra está en pleno desarrollo
y la Argentina se mantiene dudosamente neutral en el conflicto (algunas
cosas no cambian).
El cine local vivía su propia Edad de Oro y Romero era
reconocido por una larga serie de exitosas comedias populares hechas para los
estudios Lumiton. Un estilo de trabajo hiperveloz y su alto grado de
operatividad otorgaban señas particulares a sus realizaciones, pero
con Una Luz en la Ventana -y viéndose una vez más a las
puertas de un muy posible éxito de taquilla-, el director dará un
vuelco hacia el Fantástico aún virgen en su filmografía,
inspirándose en los clásicos de la Universal y aportando el
primer film de terror del cine argentino, tal como rezaba la insistente
publicidad de aquellos días.
Narciso
Ibáñez Menta es quien encarna al atormentado Dr.
Herman, un eminente científico que padece de acromegalia
e intenta transplantarse la hipófisis de una incauta enfermera
(Irma Córdoba) para curar su terrible mal.
Ahora bien, el juego de luces y sombras, los acertados efectos especiales y
el maquillaje con que Narciso se convierte en el horrendo Dr. Herman,
así como la nítida orientación expresionista vía Universal que
destila todo el film, terminan por inclinar la balanza en términos genéricos
hacia las aguas del terror; amén de redondear una sólida producción
que -en mustia retrospectiva- deja la inequívoca sensación de
ser una obra fundacional que no hallará demasiadas referencias en las
décadas subsiguientes.
Párrafo aparte para un aporte para nada menor del director, dado por
ese toque de humor irónico-metalingüístico que atraviesa
la película en complicidad con el espectador. Así, Romero se
burla del propio género que está transitando con su film en el
año 1942(!?). Al respecto, una cita a manera de perla:
"¡Qué noche!, pulmonía doble, empantanamiento seguro
y chalet con fantasmas: ¿dígame si esto no es una película
de miedo?
(Severo Fernández en Una Luz en la Ventana).
Pero volviendo a lo nuestro, ¿dónde encontramos rastros de Sci-Fi en
esta notable producción criolla?
En primer lugar, sin dudas, en la figura del Dr. Herman, que encarna
uno de los soportes narrativos más reconocidos en el género:
el hombre de ciencia (con laboratorio oculto y todo para más datos sobre
tópicos al uso).
Sin embargo, y a diferencia del tratamiento mayoritariamente maniqueo de este
arquetipo que no para de encabezar elencos en la historia de la Sci-Fi,
el eminente sabio encarnado por Ibáñez Menta resulta una
muestra netamente superadora
del estatuto moral estereotípico de estos personajes. En efecto, no
se trata aquí ni del científico loco que desea conquistar el
mundo, ni mucho menos, en sus antípodas, del sabio patriota, célibe,
abstemio y buen padre de familia que intenta salvarlo, tan caro a las producciones
americanas (faltaba más) de los '50. Herman se nos presenta
literalmente desde las sombras, desgarrado por la contradicción y el
dolor, debatiéndose entre la esperanza de una posible curación
a su deformidad y la torturante culpa ante la posibilidad de dañar a
un semejante para conseguirlo.
La presencia del transplante es también uno de los recursos temáticos
por excelencia del género, íntimamente ligado a las alteraciones
del cuerpo humano (véase, por caso, Les Mains d'Orlac (Las
Manos de Orlac, Edmond T. Greville, 1960), y, ya en los extremos, The
Abominable Dr. Phibes (El Abominable Dr. Phibes, Robert Fuest, 1971).
No hace falta agregar mucho más sobre esto: la acromegalia de Herman y
su intento de transplante -con víctima incluida- lo dicen todo.
Pero no puedo resistir la tentación de señalar la muerte redentora
del monstruo-Herman (rubricada por el beso de la dulce enfermera), que
quita los pecados del mundo y danos la paz. Eje moral no ya caro
a la Sci-Fi sino a la institución Hollywood toda, a la
que Romero adhirió aquí tanto en este plano como en el
estrictamente cinematográfico.
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