Nuevo siglo en ciernes y un comienzo agitado: el 11 de septiembre de 2001 dos aviones de pasajeros se estrellan contra las Twin Towers en pleno corazón de Nueva York, causando miles de muertos y proporcionando la excusa perfecta a George Bush hijo para lanzar su cruzada fundamentalista contra “el eje del mal”. Osama Bin Laden, un saudí antiguamente prohijado por la CIA, es acusado de ser el autor intelectual del atentado. Poco después y bajo la consigna de obtener su cabeza a cualquier precio, Estados Unidos invade Afganistán, desatando una verdadera masacre y derrocando al régimen talibán, aunque sin poder atrapar a Bin Laden. Lo cierto es que el país con las mayores reservas gasíferas del planeta pasa a estar bajo el control total del gobierno americano.
Mientras el alcohólico ¿recuperado? Bush intensifica su “guerra santa” poniendo la mira especialmente en Medio Oriente, la Argentina también bulle.
El 19 y 20 de diciembre de 2001 precipitan la caída de Fernando De la Rúa, muerte anunciada de un gobierno que ascendió como portavoz de una esperanza renovadora en la población y acabó convertido en una mueca tragicómica. La confluencia de una pueblada de características únicas en la historia del país y una serie de operaciones del inefable peronismo bonaerense le dieron el tiro de gracia a la Alianza y su patético deambular por la escena política argentina.
A partir de allí se suceden presidentes por días y hasta por horas, en medio de vacíos de poder y un descontento popular que crece pero de a minutos.
Pasan Ramón Puerta, el breve mandato de Rodríguez Saá y varios más en el medio, hasta que el -oh coincidencia- bonaerense Eduardo Duhalde asume un extensísimo interinato que le alcanza para profundizar la crisis al devaluar la moneda, garantizar la impunidad a los banqueros que fugaron los millones que Cavallo había atrapado en su denostado “corralito” y reprimir sistemáticamente -y a veces de manera homicida- las movilizaciones de protesta contra el gobierno
Poco antes del desastre anunciado se estrena Cóndor Crux (2000), largometraje de animación futurista dirigido por Juan Pablo Buscarini, Pablo Holcer y Swan Glecer, éste último también director de animación en 3D del film.
La historia transcurre en el año 2068. Pizhar es el líder autoritario y rostro visible de la Corporación Gloria Mundi, que gobierna la ciudad de Darwin, al parecer erigida sobre los restos de lo que alguna vez fue Buenos Aires. En ese- este- rincón de Sudamérica, esta dictadura hipertecnológica somete a los ciudadanos a un sistema de control cerrado y opresivo: las cámaras invaden los hogares, las redes de información son permanentemente monitoreadas y el acceso al mundo fuera de las fronteras de Darwin -en todas sus formas- se halla absolutamente vedado por la desactivación de un satélite que permite la comunicación con el resto del planeta.
Sin embargo, un viejo científico rebelde, el Dr. Crux, planea activar dicho satélite y con ello generar el levantamiento revolucionario de los ciudadanos de Darwin. Su hijo Juan Crux, capitán de la escuadra Gloria Mundi, es enviado por Phizar para desbaratar el intento. Sin embargo los lazos familiares pueden más y el capitán ayuda a su padre, quien antes de escapar logra pasarle la clave de activación del satélite a su hijo, siendo éste capturado por las fuerzas de la Corporación y excluido de Darwin. No obstante, Crux hijo se las ingenia para apoderarse de una nave y llegar hasta el Amazonas, recalando en la ciudad de El Dorado, donde es recibido por su guardiana, Zonia, y un niño del lugar, Yunko. Pero el implacable Phizar ataca la ciudad y el trío escapa continuando su travesía hasta llegar al Machu Picchu, donde Juan Crux conoce a un tótem viviente -el Amauta- que le señala su destino mítico: hallar la Cruz del Sur. El periplo continúa hasta los Glaciares del Sur, sucediéndole luego el reencuentro con su padre, exiliado junto a otros científicos de la resistencia. Entre tantos avatares, Crux hijo ha extraviado la clave para la liberación de la ciudad, pero una melodía surgida de la flauta del niño Yunko logra activar el satélite, haciendo posible la revolución. Finalmente el capitán Juan Crux retorna transformado en héroe y se convierte en el refundador de la ciudad, que ahora se llamará Nueva Darwin.
Claras y caras son las relaciones entre este primer film de animación en 3D argentino y la ciencia-ficción. Comenzando por la futurista Darwin, que en el camino de su evolución-exclusión ha dejado atrás a Buenos Aires y a un lado a sus ciudadanos; una metrópoli tecnologizada y construida en función del panóptico y la omnipresencia de la mirada como métodos represivos de control; características éstas que, al igual que en La sonámbula... remiten directamente al 1984 de Orwell y sus diversas adaptaciones en la pantalla grande.
También en consonancia con el opus de Spiner, la referencia al universo literario de William Gibson, con sus intrincadas redes informáticas y la presencia de Sigmund, el asistente electrónico portátil de Juan Crux, que parece guardar alguna relación con Colin, el “fantasma” de un joven inglés activado por un biochip en Monalisa Overdrive, última parte de la “Sprawl Trilogy” pergeñada por la pluma más prestigiosa de la literatura cyberpunk.
En este sentido, es notorio cómo en el film conviven -aunque disociadas- esta cultura hipertecno con lugares y personajes míticos (El Dorado, El Amauta) que a la postre irán guiando el viaje iniciático de Crux hijo hacia su transformación en guerrero y finalmente héroe.
De este modo, Cóndor Crux parece sugerir que el rumbo a seguir frente a cualquier modelo de opresión debe rastrearse en la búsqueda de las raíces de pertenencia, los viejos relatos mitológicos y la potencia de los ignorados (el pequeño Yunko y su primitiva flauta abren las puertas a la libertad de Darwin).
Por otro lado, los elementos fantásticos que el film incorpora, vienen dados precisamente por la componente mítica anclada en nuestra historia primera como (latino)americanos: el tótem Amauta, el “cuntur” (cóndor) en que mutará Crux, la ciudad de El Dorado (mito del sueño áureo de los conquistadores españoles), el Machu Picchu, el Amazonas, los Glaciares del Sur. Juan Crux debe atravesar -y dejarse atravesar- por el encuentro con estos referentes identitarios de América Latina para ser revelado en su destino liberador.
Volviendo a los puntos de contacto con la Sci-Fi, veamos qué sucede con los arquetipos presentes en el relato. Señalemos en primer término al héroe de la historia, el capitán Juan Crux, cuyo derrotero implica una instancia que en muy pocas ocasiones tiene lugar dentro del género: la transformación de conciencia del individuo. Crux es al comienzo un militar al servicio de la Corporación, pero el encuentro con su padre y la travesía ya señalada operan en él bajo la forma de un radical cambio de mirada ante la realidad experimentada. Tanto que termina enfrentándose abiertamente al régimen y encabezando la revolución que refundará la ciudad.
Su padre, en tanto, el Dr. Crux, también escapa de los cánones habituales reservados por la Sci-Fi para los hombres de ciencia: trabaja en la clandestinidad y es bastión de la resistencia frente al poder de Phizar y su régimen. Muy lejos de sus colegas sedientos de poder o intachables hombres del establishment.
En el orden temático, es insoslayable la presencia del viaje, pero, una vez más, en una dirección otra respecto de la variante clásica del género (viajes al espacio y en el tiempo entre los más abordados). En el caso de Crux, como ya se ha dicho, se trata de un viaje iniciático por su tierra y los mitos que ésta guarda, conduciéndolo cual elegido a la batalla decisiva. Punto en el que entra en escena la presencia del mal en el film: la Corporación Gloria Mundi, despersonalizada en tanto tal, manteniendo a los individuos bajo las coordenadas de un sistema represivo cuya táctica es la de generar resignación y desesperanza entre aquéllos para sostener el statu-quo imperante. Nuevamente podríamos trazar la analogía con La Sonámbula..., sobre todo si tenemos en cuenta que aquí también irrumpe un representante corpóreo de ese poder, el tirano Phizar, en realidad la figura humana y funcional de un sistema que a todas luces lo trasciende, tal como ocurre con Santos, el brutal funcionario interpretado por Patricio Contreras en el film de Spiner.
Citemos finalmente el tema de la supervivencia, ya no en el sentido de algún inminente desastre en masa, colapso atómico o invasión alienígena; lo que aquí intentan rescatar este puñado de rebeldes es la libertad extirpada a los hombres de Darwin, la condición humana arrebatada. La vertiente que se aprecia en el film al respecto es la del grupo reducido que guía hacia la salvación al resto de la comunidad, arrojando un paralelismo con ciertas experiencias de guerrilla que, al pretenderse esclarecidas, prescindieron deliberadamente del sustento y participación de aquellos a quienes supuestamente vendrían a libertar. Los resultados de estos arrestos “foquistas” generalmente han traducido en demoledores fracasos. Quizás por eso, sutilmente, la aparente victoria final en Cóndor Crux sea puesta en duda, teniendo en cuenta que en un film que se referencia continuamente en la realidad y en los mitos por ella generados, el triunfo deviene final y excluyentemente mítico. ¿O acaso la flauta de un niño aborigen puede derribar los cimientos de una corporación armada hasta los dientes?

En el 2001, entretanto, Alejandro Hartmann se presenta con Clon, un fallido policial montado sobre una trama de ciencia-ficción -referida lacónicamente en el nombre del film- que cuenta con una periodista como protagonista de la historia. Piadosamente eludiremos cualquier otro comentario sobre el particular.
2001 es también el año de la secuela de Plaga Zombie, Plaga Zombie: Zona Mutante (Hernán Sáez/Pablo Parés, 2001). Aquí el desastre recomienza a causa de la negligencia del FBI, que decide experimentar temible virus extraterrestre en un poblado que termina convertido en un hervidero de zombies asesinos. Nótese en este sentido la figura del terrícola inescrupuloso conchabado con el alien invasor, que muchos recordarán encarnada en Nathan Bates (Lane Smith),el amo y señor de Fronteras Científicas en la serie televisiva V Invasión Extraterrestre.
Por otro lado reaparecen los protagonistas de Plaga Zombie Bill Johnson y John West, y FARSA PRODUCCIONES hace gala de su evolución cambiando la síntesis argumental por el guión, la plastilina por efectos “realísticos” y la edición en cámara por la postproducción digital. Un auténtico festín para los amantes de los films sobre zombies, en donde no faltan generosos chorros de sangre, agentes de SWAT, una cantidad apreciable de extras y hasta un zombie enano.
Y así, buceando por los laterales menos predecibles de la producción, al año siguiente nos topamos con 2176. Clones Bisex (César Jones/Trash Meyer, 2002), una extraña porno abismal que se sitúa en los lindes de este género y transita la experimentación formal a caballo entre el hardcore y la ciencia-ficción.
La historia narra la relación entre un hombre, una travesti y una mujer (todos clones) hacinados en un Regufio Nuclear, sin más aspiraciones que la de satisfacer pulsiones primitivas - incluida la sexual, claro- y sobrevivir en una Tierra devastada y hostil.
Ya desde el título, este film de bajo presupuesto (aun para los stándares del frágil xxx criollo) nos anuncia en forma directa su incursión en la Sci-Fi con dos temas recorridos por el género: el futurismo y la clonación.
En el primer caso, el solitario vagar de Wolpix (el clon-hombre) por un vasto desierto plagado de aire radiactivo, remite a las sombrías entregas postapocalípticas muy en auge en los '70 (en el cine yanqui, desde Mad Max hasta The Omega Man (El Hombre Omega, Boris Sagal, 1971) pasando por toda una serie de subproductos olvidables)).
En cuanto a la temática clónica, es obviamente más reciente y ya aprovechada por el hábil empresario George Lucas en su Episode II Attack of the Clones (Episodio II -El Ataque de los Clones, 2002), aunque, es justo decirlo, de aparición posterior al opus de la dupla Jones/Meyer.
La supervivencia, ya citada más arriba, es otro de los temas recurrentes del género abordado por esta inusual propuesta condicionada. Veamos: Wolpix posee una máscara que lo protege de la radiación, pero erra sin rumbo, sin agua ni alimento. Al dar azarosamente con un Cubículo de Supervivencia (así en las placas iniciales del film), se encontrará con quienes allí moran: Aseiva3, un clon-travesti, y su esclava, Cloe9.0, una joven-clon reducida a la condición de sumiso animalito (recordando acaso a la Linda Harrison-Nova de The Planet of the Apes). Aseiva3 consiente con recelo en dar refugio a Wolpix, y si lo hace es sólo porque ansía la máscara que le permitirá librarse de su reclusión forzada -y, de paso, gozar de los favores sexuales de un macho. A partir de allí se sucede una silenciosa madeja de jadeos (pues los clones parecen haber perdido el habla en algún punto del tiempo) a la que se sumará Cloe9.0, iniciándose así una extraña y extensa deriva sexual, en las antípodas de cualquier celebración dionisíaca.
Una vez satisfechos los deseos carnales, Aseiva se apropiará de la máscara anti-radiación y arrojará a Wolpix al contaminado exterior, provocando su horrenda muerte y el retorno, transformado, al estado de cosas original.
Hay, asimismo, otros elementos a mencionar en cuanto a la relación de esta realización con la ciencia-ficción.
Observemos el look “cueros raídos” de los personajes, que une la vertiente SM del porno con la referencia -otra vez- a Mad Max y las numerosas réplicas mediocres que ha generado. Remitiendo al mismo corpus de films, aparece un tema de tratamiento muy persistente en el género: la escasez de agua y su consiguiente status de objeto de confrontaciones mortales por parte de bandos o individuos opuestos (sobre esto último en particular véase el engendro post-atómico 1990: I Guerrieri del Bronx (1990: Los Guerreros del Bronx, Enzo G.Castellari(1983)).
En idéntica línea el alimento sintético que ingieren los personajes (confrontar, por caso, con el extraño aunque bastante más macabro Soylent Green que le da nombre al film de Richard Fleischer de 1973).
Y para concluir, la obsolescencia de la tecnología pasada -con restos de máquinas inservibles y sonidos en loop de motores en desuso-, leit motiv de diversas películas cyberpunk (entre otras, Hardware, Richard Stanley, 1990)) y ya expuesta levemente por Star Wars (La Guerra de las Galaxias, George Lucas, 1977), con sus chatarras espaciales y androides fuera de servicio .
Dejamos ahora esta inesperada confluencia local entre el porno y la Sci-Fi para internarnos en el universo de Mercano, el Marciano (Juan Antín, 2002), nueva entrada de la ciencia-ficción bajo la forma de animación caricaturizada. Inicialmente conocido por sus apariciones en forma de cortos para la señal de cable Much Music, el film narra la desgraciada travesía de Mercano por nuestro planeta. El comienzo de la película nos lo muestra paseando a su perro en algún bucólico paraje marciano, cuando un satélite terrícola acaba abruptamente con la vida de su mascota. Ciego de odio y venganza, Mercano emprende viaje a La Tierra y allí sus intenciones iniciales trocarán en la casi exclusiva lucha por supervivir ante un mundo impensadamente hostil: es que nuestro amigo ha aterrizado en la Argentina. Y allí comienza la auténtica odisea: policías corruptos, jóvenes violentos, hombres honorables que maltratan a niños mendigos, políticos inescrupulosos y toda una fauna de personajes de pesadilla se suceden en el trágico derrotero de Mercano, que sólo logrará establecer contacto con un enigmático obseso de la Red, junto a quien logrará desbaratar el intento de dominación del mundo -creíamos haber superado el karma- por parte de una megacorporación integrada por siniestros hombres de poder.
Tal vez cierta ambición en el planteo le haya restado potencia a la propuesta en relación a su versión televisiva (estereotipación en la pintura de los diversos actores sociales, refritado del previsible “salvataje del mundo”, ambición desmesurada en el intento de retratar a la Argentina actual). De todos modos, el film equilibra la balanza con el tratamiento de la imagen, abiertamente despojada y de trazos casi infantiles, que sirve de soporte para las andanzas de un ET por nuestro suelo -lo cual en la filmografía argentina ya es mucho decir-, suelo al que reconocemos -nos reconocemos- a través de la mirada del film, aunque atravesada por la defección estereotípica antes apuntada. Lejos en cambio de cualquier tratamiento maniqueo hallamos al protagonista de la historia, cuyo carácter ciclotímico lo lleva de picos de euforia a asaltos melancólicos, pasando por cotas de furia y una sensibilidad que lo mantendrá a contracorriente entre las gentes de estos lares.
Obviamente, el lazo con el género viene dado por la presencia de este marciano solitario al que el azar deposita en uno de los sitios más insólitos de un no menos extraño planeta.

Y finalmente mundo más que párrafo aparte para la impredecible Attack of the Killer Hog (El Cerdo del Terror, Agustín Cavalieri, 2003), que cierra nuestra ecléctica lista mediante un cóctel que combina policial (los detectives que investigan los asesinantos), psicodelia (la droga que pone de cabeza a los habitantes de la ciudad), fantástico (la imaginaria Kimanga City), múltiples referencias autoconscientes (a distintos códigos genéricos, a paradigmas de la cultura argentina), ciencia-ficción (la presencia alien), universos psicológicos tortuosos (que por momentos evocan al expresionismo alemán) y otros varios elementos (entre ellos la sobremirada desde el absurdo a todo lo referido en el film) recorridos a través de un trip sinuoso y genéricamente mutante; lo cual convierte a este film en una extraña pieza de impecable factura formal y excelente utilización de efectos especiales, ¿mérito doble? si observamos que se trata, además, de una producción independiente y de bajo presupuesto.

LO QUE VENDRÁ

Y mientras el mundo repudia indignado una nueva barbarie americana en Irak, en la Argentina se acude a las urnas tras unas postergadísimas y acotadísimas elecciones que consagran a Néstor Kirchner como nuevo Presidente de la Nación. Los sufragios para el santacruceño no fueron muchos, pero las esperanzas en torno a su gestión, enormes.

En las arenas de la producción, se anuncian Adiós Querida Luna (Fernando Spiner), que al parecer se propone como primer space opera del cine criollo, y dos realizaciones de Sebastián de Caro: Vacaciones en La Tierra (no estrenada comercialmente) y De Noche Van a tu Cuarto (en fase de producción), intentos éstos dos últimos que asoman la cabeza desde un auténtico magma de films under a cargo de jóvenes realizadores que hasta ahora no logran canalizar, o casi nunca, sus intentos dentro de alguna circulación comercial (sea mainstream o alternativa).
En todo caso, y como se sabe, el futuro no es nunca algo cierto; cosa que géneros como la Sci-Fi o países como Argentina se encargan siempre de recordarnos.